El Globero/El Globero Narrador

Ambrosía para muñecas

Érase una vez un mundo de muñecas, únicamente habitado por seres fantásticos, que habrían de vivir ocultos para que su mundo no fuera destruido. Érase un mundo inventado por un niño mientras dormía. Érase un mundo tan real que fuera prohibido por su realismo. Y aquel día en que todo habría de cambiar.

Escrito sobre un papiro viejo y olvidado, contado durante siglos para ser transformado en una leyenda que nadie creería. Una historia que nunca ambicionó ser contada.

Me contaba historias de mundos extraños, historias de princesas que morían asesinadas por su príncipe azul, de dragones buenos y hadas perversas, historias de mundos fantásticos habitados por mil y un seres, cada uno distinto, poderoso y mágico, cada uno con su historia y su leyenda. Todos buenos y malos. Y todos me acompañaban por las noches.

Hubo un lejano lugar de un raro país donde sonaba una cancioncilla que nadie parecía entender. Un hombre, sin embargo, no podía dejar de escuchar las notas que construían aquella melodía produciéndole una amarga tristeza. Pues era una cancioncilla que nadie más podría oír, y que realmente no sonaba en ningún lugar.

Es la reina, es mi reina. Es el poder, lo es todo. Todos aquellos que no la conocen están perdidos por omisión, es mi reina. La amo, la acaricio, deslizo mis dedos sobre ella, absorbo, utilizo su poder. Controla todo, controla el mundo, es alta, es fuerte, valiosa, marfil plateado. Su agilidad únicamente se bate con su agresividad asesina. No tiene rival. Ella es todo, todo es ella.

Giraba con gracilidad y elegancia cuando era bailarina y bailaba. Pero ahora, sin música que danzar, sus piernas están atadas a un mundo que es incapaz de comprender. Lucha por ser diferente, por hallarse en otro lugar, por ver la luz, sentir la felicidad, pero, ¿qué puede hacer una pequeña bailarina pegada a una pista de baile que nunca jamás se volverá a iluminar?

Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Narraba aberraciones sin forma, que se convertían en hechiceras con poderes inimaginables. Contaba cosas que nunca pude entender, conseguía que me pareciese oír gritos entre las sábanas de mi cama. Hacía que nunca jamás supiese lo que era la soledad. Cantaba bellas canciones, aún no escritas, con una voz única y me permitía cantar con ella dándome una voz que nunca tuve y siempre quise.

Toparte, de repente, con un objeto asombroso ante ti. Algo absurdo, algo fuera de lugar. Ser, de pronto, quien no eres. Pensar más allá de aquello para lo que has sido programado. Caminar impulsivamente un paso más lejos que la última vez. Ser rebelde sin saberlo y sin pretender serlo. Cosas que empezaron a suceder sin causa aparente y sin ninguna transcendencia, pero que nunca habrían sido posibles antes de su llegada.

Y nunca olvidaré la sensación que tuve cuando comprendí que la lluvia caía de arriba a abajo. Aquel instante en que sentía de verdad las gotas de agua por primera vez. La sensación de pertenecer a un mundo algo más entero del que puedo ver con mi ojos.

Contaba y cantaba, gritaba y susurraba, pero nunca jamás oí palabra que pronunciara, pues en mi mente únicamente formaba imágenes que mutaban según ella las modificaba.

Poseía aquellos secretos que la ciencia buscaba desde los albores de la edad humana. Conocía las reacciones que servían al plomo para convertirse en oro. Conocía la ley que hacía posible el tránsito temporal. Halló la forma de eludir la acción de las fuerzas gravitatorias y desarrolló la teoría que justificaba la presencia del ser humano ante sí mismo. Y conocía aquellas preguntas que el ser humano no se habría hecho todavía, con sus respectivas respuestas. Y, ante todo, poseía la cualidad por la cual podía convertir en realidad la fantasía que yo anhelase.

Me llamaron arisca, antisocial, huraña, pero yo ya vivía lejos de aquel lugar del que sólo entendía ya lejanos gritos, dónde aún residía mi cuerpo.

A ella la veían, e ignoraban lo que era y la capacidad que tenía para transformar lo que le placiera en algo que relatar. Relatos que nunca acababan cómo habrían de hacerlo o como pensabas que iban a hacerlo, extraños finales felices que no parecían serlo. Tragedias convertidas en comedias y comedias hechas tragedias. Seres horrendos convertidos en protagonistas y príncipes relegados a papeles de reparto.

Llegó el momento en que el mundo que siempre conocí se difuminó entre las sombras del que se me mostraba enorme y apasionante. Un día que dejé de oír los gritos que me aturdían y deje de ver el tedio de la tristeza que me rodeaba. Un día, a partir del cual, nunca volví a ver a nadie que no perteneciera al mundo que me permitía entender mi existencia.

Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Tengo una muñeca vestida de azul, con su sonrisa y su tutú. Empezó a bailar y se mareó. Está acostada con mucho dolor. Esta mañana no se levantó, sigue tendida dice el doctor. Despiértala de nuevo que yo ya lo intenté, inténtalo de nuevo que yo me cansé.

La oscuridad sumerge sus días y sus noches. Apagada en soledad, escondida en agonía, triste en melancolía. Sueña con pequeñas ráfagas de luz que ciegan sus ojos y aturden su mente. Anhela vivos colores que calmen su desamparo. Piensa en alegres tonadillas que antaño escuchó provenir de la extraña lejanía.

Es bailarina en la penumbra, su tutú se ha vuelto negro por culpa de la luz huida. Sus entrañas están apagadas en cuencos de despojos de riquezas y exuberancia. Intenta desaparecer, huir de aquel lugar que nunca le permitió la felicidad, pero está atada entre despojos de lujuriosa miseria, ya caduca.

Cuando recuerda los tiempos en que las que eran como ella tenían poder, pues eran necesarias, no puede sino reír por no llorar. Ahora olvidada, las calles se han apagado. La luna y el sol se han despedido y las estrellas se han escondido. Nadie puede ver sus lágrimas, ni salvarla de la eternidad convertida en locura. Ahora que no puede, ahora que ha aprendido, cambiaría todo lo que fue. Ahora es victima del mundo, ahora es rebelde. Rebelde sin insurrección.

Tengo una muñeca hastiada de tanto dolor. No guarda más pureza en su interior. Sueña con un futuro mejor. Esta mañana se despertó en el mundo que siempre odió. Duérmela de nuevo, yo ya lo intenté, inténtalo de nuevo que yo ya me cansé.

Bailaba en noches de pasión, loca por la felicidad y el amor, luchaba por ser aquello que siempre anheló. Todo aquello se ha convertido en dolor. Gemía y lloraba con todo su corazón por lo que había sido su pasado y su canción.

Jugaba con alegre juventud y gozaba sus días con sana virtud. lucía sin pudor su felicidad ante aquellos que la querían observar. Ella acertaba a encandilar a aquellos que se acercaban a mirar, aún sin disposición alguna a convertirse en presas de su magia sin igual, sólo bondad. Bailaba como ella sólo podía danzar, pues no había otra capaz de hacer lo que ella conseguía realizar en los escenarios que le ofrecían para actuar. Vivía con pasión el arte que la llevó al reconocimiento y a la fama. Era única y pronto se convirtió en preciada pieza de toda reunión.

La vieron en fiestas de toda condición y era amada con verdadera devoción, pues no había habido otra capaz de rescatar del tedio a toda una población.

Todo aquello ya pasó, ahora no puede girar, ni ver lo que queda del mundo que la amó. Sólo las lágrimas suenan al caer sobre el suelo que la vio deslumbrar.

Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Me contaba la historia de un perro mayor, una ratita que limpiaba y una niña foca. Todos muy humanos y todos vinculados sin saberlo.

El perro, un perroo viejo con arrugas en la frente, dedicaba sus horas a la floristería que regentaba y que le proporcionaba lo que más anhelaba, tranquilidad. Salvo en escasas excepciones en las que, contra rutina, su tranquilo oficio le proporcionaba algún sobresalto y algo de estrés.

La ratita, dedicada a la limpieza de viviendas, curiosa por naturaleza, se apresuraba a examinar minuciosamente las estancias en las que se encontraba en cuanto la dejaban sola. Y no dudaba ningún momento en cotillear morbosamente sobre las casas y sus dueños en cuanto la preguntaban. Era una ratita adulta, pero pequeña, que vivía en un mundo de enormes animales, oculta gracias a su insignificancia.

En lo que se refiere a la foca, vivía en las afueras de la ciudad. Anhelaba la llegada del invierno pues, aunque eran muy pocos los que había vivido, gozaba jugando con la nieve. Acudía al coro de la iglesia todos los domingos después del servicio religioso y nunca podrá recordar los vínculos que la ligan a esta historia. Pues estos personajes, figurantes de otras historias y sin repercusión para los héroes cuyas historias llenan las páginas de los libros, frecuentemente perdidos entre sus páginas, son ahora por fin protagonistas de su propia vida.

¿Qué sucede cuándo un gato agrede a un perro?¿Cuándo una ratita responde amigablemente al mismo gato cuando éste le pregunta sobre un leopardo?¿Y cuándo una cría de foca se ve envuelta en un sucio asunto en el que resulta muerto un gigantesco oso polar?

Son el poder, la ambición, el dinero, los celos y por último el racismo los que remueven la historia que los relaciona. ¿Pero qué sucede con ellos cuándo el héroe les ha visitado y nunca más se va acordar de ellos? ¿Sigue el perro con su floristería?¿ la ratita limpia y vuelve a su casa en metro?¿ la foca sigue anhelando la llegada del invierno? ¿O simplemente vuelven a perderse más allá de las esquinas de las páginas? Es un triste final para un cuento, pues esa foquita, con la capacidad de enternecer corazones, no volverá a aparecer en relato alguno, habrá, sin duda, fallecido, ya que nunca más se la podrá ver. Las azaleas del perro se marchitarán, pues nadie escribirá sobre quien las mimaba. Y la insignificancia que hacía de la ratita un ser poderoso habría acabado por devorarla, acabando así con la historia que relataba.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Algo sucedió que a ella se le escapó, pero a partir de aquel instante todo cambió. De pronto aquellos que acudían a verla con rigurosa puntualidad olvidaron quién había sido para ellos una verdadera deidad. Todos los que había a su alrededor fueron lentamente desapareciendo, hasta que se quedó sola. Un día en que, tras un estruendoso golpe, llegó la oscuridad eterna. ¿Pudo haber alguien a quien le gustara tan poco lo que hacía como para convertirla en lo que era ahora? Conocía la respuesta a sus preguntas y sentía odio, furia y desesperación. Nadie mejor que ella sabía qué había significado para el mundo que la vio crecer y ahora le había impuesto el luto de la ceguera y soledad.

Recordaba las notas que habían reunido para hacerla bailar, aquella canción con la que podía flotar sin miedo a tropezar. Y cómo acertaba a insinuar lo que escondía para que no se pudiera ver y volvieran un día más.

Ahora todo aquello que le dio la fama la acusaba de herejía. Y ni siquiera se podía agachar para esconder su pesar. Ya no volaba sobre el escenario, éste la agarraba con tanta fuerza que tenía miedo de ser engullida y perderse hasta el final de los tiempos con las canciones que había cantado y aquellas que nunca pudo llegar a cantar.

Y estaba tan pegada al suelo, tanto le pesaban sus desgracias, que cuando aún intentaba bailar, al son de su propia voz, caía sin caer contra el muro invisible que la encerraba en su penumbra.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

No entendía de dónde provenía la canción que escuchaba dentro de su cabeza. Sin embargo, aunque no dejara de escucharla en ningún momento, sólo era placer lo que sentía.

Años atrás, en un mundo más común pero aún más extraño, vivió aquel hombre que, por entonces no contaba tantos años,  siendo, aún, más de los que podría recordar.

Pronto distinguió dos tipos de seres que habitaban aquel lugar. Bastante parecidos en realidad. Aunque obvias diferencias los distinguían. Sin pretenderlo, se vio envuelto e involucrado con uno de estos grupos. Y, aunque su integración fue rápida y perfecta, nunca le interesaron sus miembros. Su interés era destinado única y exclusivamente a aquellos que componían el grupo que habría de mirar desde la distancia. Pero el interés se convirtió en pasión, la pasión en adicción, la adicción en enfermedad, la enfermedad en paranoia y la paranoia en… Una extraña sensación que no alcanzaba a comprender y que no hallaba forma alguna de deshacerse de ella.

Dormía para soñar con ella y despertarse pensando en ella. Comía para vivir soñando en ella. Se movía sólo si era para ir a verla a ella. Pronto esa sensación que nunca le enseñaran a calificar se convirtió en obsesión. La perseguía sumido en imaginaciones y sueños frustrados. La observaba viendo una realidad irreal. La examinaba con la única voluntad de poder observarla un momento más.

Nunca entendió cuales eran las reglas que sostenían las relaciones entre los dos tipos de seres. Nunca le explicaron la función de ambos, ni el estrecho vínculo que los unía. Él sólo observó, para quedar atrapado por una necesidad que nunca antes sintió y que ahora le ahogaba hasta la desesperación.

Una punzada en el pecho le oprimía. Su corazón latía cada vez con más fuerza y su respiración se hacía demasiado obvia. El miedo a lo desconocido le impedía avanzar, el miedo a lo diferente le zancadilleaba al caminar hacia ella. Únicamente podía alimentar su fantasía. Hasta convertirla en un nuevo mundo que ocultase el anterior y en el cual una triste cancioncilla sonase de fondo, un leve murmullo que él solo pudiera oír.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Llegó el día que mi cuerpo fuera encerrado para, según ellos, protegerme de mi misma. Paradógicamente irónico pues me encerraban conmigo misma. Sin embargo poco me iba a importar eso, pues estaba yo muy lejos ya.

Comprendí una razón que me permitiera seguir viviendo aún habiendo deducido que la existencia era una tediosa carga que me condenaba a la autodestrucción. Me dí cuenta que podía crear y creer un nuevo mundo a mi antojo. Un mundo que me gustara y que se moviera a mi antojo, un mundo que fuera tan diferente como parecido al real. Tanto, que dejara de haber una línea que los distinguiese. Con sus cuentos entendí que aquello que me contaba no era menos real que lo que yo imaginara o viera ocurrir. Todo se escribía igual y podía ser relatado de la misma manera.

Llegó un día en que empezó a contarme historias surgidas de las noches de mis sueños. Un día, a partir del cual, decidí nunca más despertar. Opté por el sueño, me incliné por las fantasías de mi subconsciente. Decidí que, los hombrecillos de mi mente que buscaban sus musas y las musas que buscaban su razón de ser, eran más importantes que todo lo que habría de vivir. Decidí que la libertad que gozaba cuando ella me hablaba nunca nadie más me la podría permitir. Decidí que me guardaría el secreto y reservaría mi voz para el pensamiento.

Mis ojos dejaron de ver lo que tenía enfrente mi cuerpo. Daba igual que estuvieran abiertos o no. Y deje de sentir los impulsos biológicos de mi verdadero cuerpo. Reduje mi ser a una mente imaginativa, reservándome únicamente la capacidad de escucharla. Para compartir mis sueños con sus historias y demostrarla que me había convertido en ella. Y devolverle en forma de fantasía lo que ella me había dado y hacer lo propio con cualquiera de los seres que imaginara.

Hablaba de seres que se escapaban de lo racional, hablaba de historias asombrosas que nunca se diluían en un final previsto. Seguía apoderándose de mi mente para construir sus argumentos. Pero ahora podía contestar con la misma fórmula, ahora sus historias, mis historias, eran mi vida. Eran parte de mi y yo de ellas.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Desde aquel día que comenzara a dirigir su mundo desde el escenario habían pasado muchas noches. Lo que entonces era virtud, la luz de los focos iluminaba para reconocerla como un icono, ahora era una pesadilla de su pasado.

Cuando abrieron las puertas por primera vez ella bailó con la gracia que habría de hacerla famosa, nunca se le habría ocurrido que aquel desparpajo la conduciría a la fama, al éxito.

Empezó a bailar porque le gustaba revolotear al son del piano y no encontró mejor manera de realizarse que usando la danza. Cuando su exótica forma de bailar se empezó a conocer por la ciudad, vio como la sala se llenaba de gente que observaba atenta su espectáculo. Cómo imaginar que aquel repentino éxito la llevaría más allá de la fama, a convertirse en un mito.

Nunca le gustaron los bailes habituales de entonces, quietos, insulsos. Alejados de la imaginación y la improvisación. Enloquecía con la música y se movía compulsivamente por el escenario, conservando siempre equilibrio y orden.

Acostumbrados a ver como mucho, y rara vez, el tobillo de una mujer, los hombres empezaron a acudir en masa cuando se comenzó a hablar de una mujer que enseñaba los muslos en el escenario. Una vez allí podían comprobar agradecidos que no les habían mentido, pero ineludiblemente habrían de quedar prendados de una mujer que, mucho más allá de sus muslos, desprendía un erotismo y una sensualidad que nunca les habían permitido atreverse a imaginar.

Entonces se produjo el fenómeno que la conduciría a su estado actual. Los hombres, todos los hombres de la ciudad e incluso algunas mujeres asistían regularmente. Y, a diferencia de otros cabarets o prostíbulos dónde acudieran a la llamada del sexo, allí observaban con exquisita educación, en la penumbra, el espectáculo ofrecido. Miraban hipnotizados, como si estuvieran asistiendo a la aparición de una verdadera deidad.

Cada vez eran más poderosos los aplausos al final, cada día eran más los que acudían, eran más los que la adoraban. Tantos que hubo alguien que se molestó. Quizá sedujo a alguien que no debiera ser seducido. El caso es que se convirtió en una molestia para alguien que decidió acabar con ella en nombre de la decencia y la palabra de Dios. Sin pensar en que tal Dios pudiera haber sido igualmente obnubilado observándola.

Siguió girando en su escenario al compás de la música que creyó nunca podría dejar de sonar. Pero el ambiente se había viciado y sentían los que estaban allí que se acababa aquello que les había llenado por unos días su vida.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Condenado a sufrir en aquel mundo de seres que no comprendía, deseó algo que no deseaba en verdad. Osó pensar que quería irse, cuando lo que más había deseado en el mundo estaba en aquel lugar.

Tan repentina y misteriosamente como llegó a aquel lugar, se fue de él. Y de la misma forma llegó al lugar que le conduciría a la locura. Un mundo que le era igualmente ajeno, pero que tenía algo más de familiar. Un lugar donde no temer a la tormenta, pues se la podía ver abatida en el suelo.

En vano, intentó olvidar lo que había vivido en un lugar muy lejano ya. Aquellos ojos que le hubieran obnubilado no dejaban de acechar en su mente buscando salida. Ignoró el llanto sempiterno de sus ojos y decidió incorporarse a la sociedad local. Y con la fuerza del que trata de olvidar algo y se vuelve loco tratando de no olvidar aquello que hace latir a su corazón, se puso a trabajar observando a los seres que allí habitaban. Pronto se dio cuenta de algo anecdótico, algo carente de importancia, pero que a él habría de trastornarlo. La cancioncilla que venía escuchando desde el mismo momento de su llegada no era escuchada por ningún otro ser. Una dulce melodía envuelta por una voz sedosa, aunque algo quebrada. Un halo de sensaciones que le llevaban a un estado de trance que lo devolvía a su mundo, al mundo que no era suyo, pero al que siempre quiso pertenecer.

Pronto aquel sitio se convirtió en un infierno, un lugar dónde una canción se le había metido en la cabeza y era incapaz de deshacerse de ella. Una cancioncilla que le hizo rechazar cualquier contacto social, una canción que le introdujo en una espiral ascendente hacia la demencia. Una canción que amaba con todas sus fuerzas, una canción que había sido escrita para él y que era cantada una y otra vez por la voz de aquella mujer que lo traumatizara en un mundo demasiado a desmano.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Era reina y tenía su palacio. Era reina y reinaba sobre sus súbditos. Era reina de si misma. Y era reina de todo lo que alcanzaba con su vista. Era reina poderosa y temible, aunque la herencia y ley depositara la corona sobre la cabeza de su rey.

Pero. si eran famosas las juergas del rey y muchos los que habían conversado amigablemente con él mientras atendía a sus necesidades lúdicas, nadie se había atrevido a mirar aún a los ojos de la reina. Incluso decían que éstos eran tan prodigios y de un color tan bello, que nunca nadie reuniría el mérito de mirarla allí dónde ella observaba su reino.

Nadie, pues ni el propio rey se atrevería a levantar su vista por encima del cuello de ella.

Era reina, reina conquistadora y batalladora, pues atacaba cualquier pueblo que se encontrara cercano a sus fronteras, y con suma habilidad lideraba sus tropas hacia la victoria. Y, a veces, ella sola se bastaba para eliminar al enemigo.

Era reina desde su almena, desde donde divisaba su reino. Desde donde sabía que nadie podría vencerla, pues no había habido rival que no se arrodillara ante ella, bien para rendirse, para jurarla pleitesía, bien para recibir una estocada mortal.

Era reina de sus súbditos ya que no era el respeto lo que hacía que la defendieran, sino que cada uno de los hombres y cada una de las mujeres que vivían en sus tierras estaba locamente encandilado con ella. Enamorado lasciva y apasionadamente, de forma que ella pudiera ordenar y ser obedecida fuera cual fuera su petición. Y, sin embargo, ella no conocía al hombre que más devoción le procesaba.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Sus aullidos, de pena eterna, se difuminaban antes de salir de su boca. Trataba de cantar aunque bailar ya no podía. Pero había sido irremisiblemente abatida y no conseguía entonar las canciones que le habían dado vida.

Cuando hubo surgido del anonimato, del público privado al multitudinario, nunca pensó que su felicidad se pudiera acabar. Porque nunca necesitó un aplauso para seguir bailando, la danza bastaba para danzar, el público era un medio para poder seguir haciéndolo. De la íntima penumbra de la que surgió pasó a un enorme escenario que la inundaba de luces que flotaban al ritmo que ella se movía. Y ella sentía que el espectador se unía con su mirada a esa atmósfera que flotaba a su alrededor en sincronía.

Una actuación acabó con su carrera, y no fue una de las canciones alegres en las que pudiera enseñar las piernas. Fue un espectáculo en el que comenzaba cantando y se movía lentamente al ritmo de una letra escrita de dolor y pena, una canción que soltaba las lágrimas y que ella representaba con una habilidad legendaria. Alguien había acudido a verla, una persona que quedara prendada de ella y que, por razones que nunca le explicarían, despertó la ira en la ciudad.

Cuando se encendieron las luces al día siguiente muchos faltaban y pocos de los que estaban disfrutaban, y no por ella, que cumplía con su gracia habitual. Pronto nadie volvería a acudir a la platea. Pronto sus pasos resonarían en todo el local, pronto habría de bailar al ritmo de su propia música. Pero a ella no tenía porque importarle si cada noche podía bailar y cada mañana podía despertarse esperando que llegase el momento de volver a la pista de baile.

Sin embargo, muy grande habría de ser el daño provocado, porque no era la decencia de sus espectadores la insignia de quien la oponía. Sino que ella era el fin de toda maquinación. Y si era feliz sin público, el propósito de la decencia aún no había sido cumplido.

Así que un día un fuerte golpe la encerró dentro del mundo sin el que ella no podría vivir. Condenándola en la obscuridad sempiterna. Condenándola al silencio sobrecogedor por siempre jamás. Y atándola al suelo sobre el que se había deslizado en su alegría. Sentenciándola al olvido y a la soledad. Devorada por la eternidad del recuerdo en el que cumplió su única ilusión.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Era un capricho su encaprichamiento, pero el mismo encaprichamiento convertía al capricho en objeto de capricho, con lo que el encaprichamiento se convertía en causa, razón y consecuencia del propio encaprichamiento. Renunciar a él, a ella, sería renunciar al mayor descubrimiento que había realizado en todos sus años de investigación. Aunque no fuera más que una excusa rebuscada para no tener que renunciar a su tesoro, ella.

Se imaginaba a sí mismo explicando su descubrimiento con grandilocuentes palabras, que adornasen el cúmulo de sensaciones, sentimientos y pensamientos que le habían asaltado.

Pero, al poco, se percataba de la intimidad de sus percepciones, así como de la no necesidad de volver a irse para reemprender sus investigaciones. Y, con la poco lacónica mirada, del que, absorbido por los pensamientos que le produce su presa, deja que está se vaya sin darse cuenta, no vio desaparecer a la mujer que había construido un volcán derribando todo su sistema de valores.

De forma que, sin tener una razón que lo empujara, había abandonado aquel mundo, a sabiendas que nunca podría regresar. Quedando preso del recuerdo del que fue su capricho y sería el fin del resto de su existencia, pues nunca acabaría de conocer mundo nuevo a través de la bruma que le provocaba su pesar. Dolor que se evidenciaba escuchando esa cancioncilla insistente que sólo él quería atreverse a oír y que le parecía provenir de la voz de su amada.

Y los recuerdos se convirtieron en un repaso sistemático de cada momento que estuvo cercano a ella y no se atrevió a hablar. De cada momento en el que perdió la oportunidad de actuar de una forma diferente a como lo hizo. Pues nunca llegó a dirigirse a ella.

Sus recuerdos le torturaban, pues no recordaba, sino revivía. Y ya no recordaba el placer, sino la tortura. Y el recuerdo se convertía en una invención de hipótesis dolorosas que vincularan a su musa con otros. Mientras que la realidad de su pasado acabó siendo olvidada y sustituida por un presente ficticio, carente de sentido y con el que poder deshacer y triturar su alma, así como su corazón, que dejó de latir en el mismo momento en que la hubo olvidado tal y como fue. Y la triste voz que sólo él oía le ayudaba en su propósito hacía la autodestrucción pues, si cabía, era aún más agónica que su existencia.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Y no le preocupaba la existencia de un Dios que rigiera su mundo sobre ella pues, si existiera, ya se encargaría de mover sus piezas a su antojo. Y su mortalidad le daba el derecho de no comprender la intervención divina. Y si, por contra, cualquier deidad estuviera ausente, no podría correr el riesgo de venerar a la nada, demostrando su debilidad y carencia de omnipotencia, pues entonces ella sería única diosesa y demiurgo.

Su antojo era ley debida por vida y atendida. Y no conoció rival a la altura de sus tácticas y estrategias, hasta que, por fin, se topó con un rival que la hacía frente, no con sus tropas, sino detrás de ellas. Y su rival hizo uso de su poder, pues no había caído aún en las redes que sometían a todo el que la conocía.

Sus movimientos elegantes e inteligentes anticipándose a cualquier situación en la batalla me encandilaron. Dirigía un ballet inédito cada vez que se enfrentaba y aniquilaba a su rival. Su porte y sabiduría alcanzaban a controlar el pálpito de mi corazón, por ello me dolía ver cómo titubeaba ante su agresor. Y el rey del reino sobre el que no reinaba, porque había una reina que lo ensombrecía, no fue capaz de ser rey por un día.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Había abandonado el único fin que había encontrado en su vida y se lamentaba continuamente del pasado que nunca vivió, así como del pasado que pudo haber vivido.

Oscureciéndose sobre su tormento. Recreándose en él. Recordando con el objeto único de hacerse daño para reprocharse la única falta que se podía atribuir. Y llegó un momento en que la locura que le había provocado, no el amor que descubrió, sino el amor que se inventó en su tormento, le condujo a perseguir una voz que no existía, a correr en pos de los acordes del hilo de voz que siempre le aseguraron sólo él podía oír.

Corría sin preocuparse por el sudar que brotaba de él. Corría sin la preocupación de la cordura en pos de la lógica. Corría, no ya para encontrar la fuente de la música, sino para preservar en su cabeza la canción que sonaba constantemente sin necesidad de un cuidado especial por su parte. Corría con los ojos cerrados anulando totalmente cualquier percepción no auditiva, de forma que cayó en trance, desplomándose allí donde surgía la voz que lo hipnotizaba.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Con obediencia ciega, todas sus huestes acudieron a la batalla que sabían perdida. Pensando única y exclusivamente en la forma en la que habían imaginado su mirada. Se ordenaron para el ataque y la posterior defensa y se produjo una brillante lucha estratégica entre las tropas de unos y otros. Descendiendo desde colinas y abrazando gargantas. Emboscaban a los que estaban emboscando a los emboscadores. Cabos y generales conducían unidades dentro de una ruta conjunta que tenía como objetivo la aniquilación rival. Los estandartes de unos y otros se mezclaban en batalla con un exquisito orden atendiendo a la teoría de la guerra.

Flechas, azadas, escudos y carretas. Miles de saetas. Gritos de guerra. Mosquetes, torres y jinetes. Cañones, sables, fusiles bajo las nubes. Cuchillos, dagas y espadas. Planes de defensa. Planes de ofensa. Trincheras que cierran las posiciones. La contienda. Detrás una ausencia, una mente vacía. Conquistaba lo que deseaba y eso bastaba para que lo conquistado fuera deseado. Ahora deseaba lo que había de conquistar y ello anulaba su intención conquistadora. La retenía sin desatar su danza magistral y mortal. Había sucumbido amando a quién debía sucumbir ante ella adorándola como los demás. Un rey que regía, con su reina, en batalla ante ella.

La contienda no pudo ser más igualada. Ilustres capitanes caían ante peones. La primera línea de unos había sido vencida por la de los otros, y la segunda de aquellos había aplastado a ésta. Secciones, comandos y batallones luchaban en su sector contra cohortes, regimientos y brigadas. Cada uno por su cuenta, aislado y con la retaguardia al descubierto, luchaba hasta el último suspiro. La diezma comenzaba a ser grave, para unos y para otros. La luz se iba con el atardecer, iluminando pastos verdes sedientos de sangre. Cambiando el color de las banderas y escudos y dejando en evidencia cómo irremisiblemente toda batalla por muy ordenada y táctica que sea desemboca en el caos, tendiendo a la destrucción total, inducida vía el desorden. Un baño de entropía. Yacían en el campo las legiones y los altos mandos daban sus últimas estocadas, cuando la reina de aquellas surgía de la nada, oculta entre la recién creada obscuridad para asestar un golpe al rey reinante que nunca hubo de reinar. Pero cuya cabeza era necesaria para sostener la corona del reino de su reina. Sin tropas ni rey, su derrota era manifiesta. Sin siervo vivo que llorase su derrota, no hubo lágrima que brotara por su tragedia.

Se inclinó ante quien amó e inclinó la mirada ante quién a éste desposó. Sintió su mirada violada, su existencia mutilada. Pero cayó como reina y se inmoló con honores de rey otorgando el  jaque mate.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Pues no conocía reina más brillante que negociase la partida. Ni sultana más venerada por las hordas que triunfaban en la contienda. Conmovió a todo aquel que la observó liderando sus piezas sobre las sesenta y cuatro colinas. Incluido aquel ser extraño y extranjero que apenas comprendía lo que veía. Y que la amó sin saber lo que hacía, pero gracias a ello la hubo mirado a los ojos, quedando prendado y hechizado sobre el damero.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Cayó en trance allí dónde sonaba la voz, allí dónde todo recuerdo había puesto fin a su existencia, y sin palpar lo que palpaba, porque no sentía lo palpado, abrió una caja que se encontraba allí, justo dónde él se había desplomado. Una caja de música, origen real de una melodía tan débil, que sólo él había tenido la atención de escuchar.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Había sido bailarina en su mundo, adorada y suplicada y por ello odiada y repudiada. Encerrada en su escenario, en su oscuridad, aferrada al suelo sobre el que había soñado. Oculta dentro de una caja de música que nadie quería volver a abrir y aferrada a un suelo que no volvería a girar. Melancólica, trataba de reproducir las canciones que la habían hecho vivir. Y, aunque no parecían llegar a salir de su garganta, el lamento fue suficiente, pues la caja fue abierta.


Sólo una minúscula lágrima de desesperación hecha de papel.

Me contaba sueños que convertía en realidad, pero el mejor todos era uno que decía que todo aquello que imaginara era parte de un mundo nuevo que en ese momento empezaba a existir. Me enseñó a construir mi propia existencia y creo narrar las historias a mi antojo, pues ya no son historias sino realidad. Y, como ella, renuncio a fábulas infantiles que nadie desea vivir, prefiero la agonía de la realidad, de la realidad de mi fantasía. Y como deidad de mi universo, niego toda existencia de la que provengo y doto a mi mundo de la realidad que lo hace especial, propio y fantástico.

Mi existencia es ahora mi sueño y, en mi sueño, estuvo demasiado tiempo inmóvil el mundo de la bailarina y ya no se quería mover. En su desesperación, se había arrancado las piernas para separarse del suelo. Yacía ciega al lado del hombre que había enloquecido en la búsqueda que lo había alejado de la reina que buscaba. Ahora muerta y pronto olvidada, pues todos los que habrían de recordarla habían perecido con ella.

(Escrito por Álvar Barca en 2002)

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