El Globero/El Globero Narrador

Muñeca olvidada

Su profesión era andar por las calles, su trabajo: contar baldosas. Por ello era conocida en toda la ciudad, la cual recorría, de lado a lado, cada día contando en alto las baldosas que había en cada calle. Caminaba con su pierna coja y su pierna renqueante, contaba con su voz ajada y gruesa. Miraba con sus ojos arrugados y profundos cada nueva fisura que se producía en el pavimento. Era la guardiana de las calles, era la persona que mejor había conocido jamás los recovecos de aquella vieja ciudad.

Un abrigo largo, marrón ennegrecido, le colgaba siempre de los hombros y, sobre su cabeza, un gorro de lluvia azul náutico le cubría las canas. Había perdido hacía tiempo la dignidad de lo políticamente correcto y caminaba a veces sin pantalones o calzado, pese a que los llevase justo delante de ella, en un viejo y oxidado carrito de supermercado.

La fama que la había hecho conocida en el país entero le vino cuando acudió al ayuntamiento para informar que una raja había partido en dos una loseta de la calle mayor. La ignoraban, sin embargo ella volvía cada vez que una baldosa urbana tenía algún daño. No la hicieron caso alguno, sin embargo ella siguió informando de todos los desperfectos que encontraba en el suelo urbano. Entregaba un detallado informe, escrito a máquina, que nadie supo nunca de donde sacaba, y que acompañaba de un pequeño plano indicativo de la zona del desperfecto para ubicar con exactitud la baldosa dañada. Sin embargo no se quedó ahí, empezó a incluir bancos, papeleras y todo tipo de mobiliario urbano en sus informes. Esto no sólo le sirvió para ser conocida, sino para obtener cierta reputación en la ciudad, que protegía como guardiana.

Y la fama hizo que las cámaras de la televisión acudieran a entrevistarla, ella siempre decía lo mismo:
-¿Queréis conocerme? -insinuaba justo antes de desabrocharse la camisa y enseñar el pecho.

Sus desequilibrios probablemente nunca fueron analizados, sus reacciones eran imprevisibles y pese a que todo el mundo la conocía y respetaba, todos guardaban la distancia.

Todo su mundo, sus bienes, su pasado, su vida caminaba delante de ella en aquel carrito de supermercado, sin el cual era imposible imaginarla, sin el cual nunca se la vio caminando por las calles.

Fuera por compromiso o por otras razones, sus informes se dejaron de tirar a la basura, al menos, cara al público. Ella era la ciudad y la ciudad era ella. Lo que Gotham era a Batman, lo que Batman era para Gotham, sólo que real, cierta, de carne y hueso y triste.

Le ofrecían dinero, que siempre aceptaba, más de seiscientos euros al mes, lo soltaba con desprecio sobre su carrito de rejilla y se filtraba entre sus cosas hasta caer al suelo. Después lo pisaba con toda la furia que le permitiese lo que hubiese encontrado para comer en los cubos de basura.

Era ‘leiri’ guardiana o ‘leiri’ baldosa porque nadie dijo nunca conocer su nombre. No se sabía a ciencia cierta cuando apareció o de dónde provenía. Pero, al surgir el sol, se la podía ver caminar por las calles, al anochecer acurrucarse entre cartones en un rincón de la ciudad. Como si hubiera sido así toda la vida, desde que la ciudad era ciudad y el mundo, mundo.

No era fácil verla sonreír, como mucho poner cara de satisfacción después de haber enseñado las tetas o pisoteado un billete gordo. Era observadora, no sólo se fijaba en los objetos que había en la ciudad, sino también en los habitantes de ésta. Sabía quienes la miraban mal a cincuenta metros de distancia, al tiempo que ella agachaba la cabeza para quitar un chicle pegado al pavimento. Sabía quienes la habían insultado, aunque tan sólo tuvieran diez años en el momento y fueran ya hombres hechos y derechos, sabía quienes le habían intentado ofrecer dinero y quienes lo hacían con asiduidad. Sabía, sabía todo.

Conocía nombres, sabía cosas que habían sucedido, cosas que sucedían y conocería cosas que estarían por suceder. Sabía lo que tiraba a la basura cada habitante de la ciudad, sabía lo que no necesitaba, lo que menospreciaba, lo que estropeaba y lo que usaba, lo que comía y bebía, conocía sus enfermedades, sus defectos, sus fobias y perversiones. Conocía todas las pistas que alguien pudiera haber dejado a su alcance y conocía a aquellos que trataban de ocultarle algo, siempre en vano, siempre salía airosa, porque sabía, siempre sabia.

Una mente privilegiada, decían que atormentada, acompañada de una imagen deplorable. Posiblemente aparentaba muchos más años de los que tenía. Caminaba retorcida, sus rasgos faciales se hundían entre arrugas y unas canas revueltas y aplastadas siempre sobresalían de su gorro.

Tenía voz de hombre, ronca y desagradable, la que había forjado con el alcohol que compraba con los restos del dinero que accidentalmente se habían “traspapelado” en su carro. Una botella de cualquier bebida fuerte siempre la acompañaba. Era una heroína. Pero como ningún héroe fue nunca dibujado con aquel aspecto, nunca fue reconocida.

Nunca empleó de modo alguno la información que poseía, sino era para protegerse a si misma. Pero algo debió suceder, con alguien se debió topar, puesto que un día desapareció de las calles. Y empezó a llover, la lluvia limpiaba y cubría la ciudad como ella lo había hecho hasta entonces. Pero a ella no se la volvió a ver, tan misteriosamente como apareció en su día, desapareció repentinamente. Algunos no volvieron a acordarse de ella, otros tardarían algunos días y los más alguna semana. Se contrato a más empleados en el ayuntamiento y se olvidó que había existido, incorporando su historia a las leyendas de los pueblos olvidados. Porque siguió lloviendo y nunca dejó de hacerlo. Entonces llegó el viento que en enormes remolinos levantaba el agua que había caído hasta hundir cualquier embarcación que hubiera sobrevivido a la inundación de la ciudad.

Las aguas se retiraron una vez hubieron borrado cualquier marca de aquella ciudad que no hacía mucho tiempo había vivido su máximo apogeo. Poco tiempo después de que los últimos restos desaparecieran, nadie podía recordar ya el nombre de la ciudad. El terreno donde había estado era ahora verde y lo surcaba un riachuelo sobre el que flotaba una muñeca, una muñeca sabia que conservaba una historia para contar…

(Escrito por Álvar Barca en 2000)

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