El Globero/El Globero Narrador

Conticinio

Mi tesoro, mi amado tesoro, eres tu él único objeto que da sentido a mi vida, mi tesoro. Solo tú dejas que te acaricien mis temblorosas manos. Déjame sentir tu piel, mi tesoro, mi tesoro, mi sueño, mi vida, mi único sentido, mi pasión, mi droga y mi solución…

Caer en lo más profundo de las profundas oscuridades en los pozos de mis pesadillas, ser mutilado y torturado, caer infinitamente viendo acercarse el suelo, cada vez más cercano, huir despavorido, ser carne de brasa, ser olvidado, caer muerto en la indiferencia, dame un beso, dame la vida.

Tirito, tirito de miedo, tirito de frío, siento vibrar mi corazón, siento revolverse mis entrañas, sueño con colores que nunca he visto, siento golpes que nadie me atiza, siento odio por aquello que no lleva tu nombre, siento, siento pena…

Ayúdame a ser…Ayúdame a recordar, ayúdame a sentir, oler y ver, quiero volver a oírte reír. Quiero imaginarte feliz. Quiero emocionarme con mis desgracias, quiero ser humano de nuevo. Ser triste objeto de las burlas de quienes son diferentes a mi, obtener risas de aquellos que hacen burlas de mi aspecto, provocar asco y repudio cuando ando por la calle.

No entiendo el fin de todo, no entiendo la gracia de dios, no entiendo la clave que suena en mi cabeza, no comprendo la vida que me rodea, la muerte. Quiero conocer, quiero saber, quiero, quiero hablar, quiero ser tu sueño. Quiero andar erguido, quiero ser persona, quiero volver a ser repudiado, quiero sentir, oír, quiero romper cosas, quiero que me encierren, quiero ser marginado, quiero hablar de política con intransigentes, quiero reírme de un negro y burlarme de un perro.

Añoro.

Háblame, loco, estoy loco.

Dime.

Estoy solo contigo, puedo acometer actos impúdicos, puedo ser persona ingrata de la gracia divina, pero si me ignoras puedes conocer mi sinrazón, soy humano, mírame, mírame…

Cuéntame un cuento, te escucho, puedes hablar, yo estoy callado. No tienes ganas de inventar, da igual, cuéntame una historia, un libro, un cuento que ya me hayas contado. Dime que eres verdad, no me niegues la vida, dime que dios existe, dime que no soy único habitante de este fascinante mundo, dime que solo yo te puedo amar, dime que no hay otra persona que te conozca, dime que solo se puede hablar contigo a través de mis sueños, dime que eres tan real como yo, relátame tu vida…

Eres mi único fin, no temo repetirme, abrázame en un infinito beso de locura sinrazón. Háblame y callaré, siéntate sobre mis rodillas y callaré, insúltame y callaré. Rózame con tu mano y callaré, cántame una canción y durante toda la eternidad te recordaré.

No me mires así, no entiendes lo que pienso, algo me agita, mis manos vuelven a temblar, es calor… O frío. Todo junto se convierte en convulsión. Dame tu futuro, mi pasado ha sido triste melancolía que tanto hecho de menos. Un sentimiento de amarga tristeza me envuelve. .

No puedo seguir respirando este desasosiego, ser sólo un arma peligrosa para mi, quiero ver todo antes de ver a dios. Ser maestro de la literatura de tus ojos, quiero sentir océanos dentro de ti, sentirme ebrio de ti.

Abrazarme a mi última esperanza.

No dejo de acariciar tu tersa piel, no te inmutas, no dejo de susurrarte al oído, no te inmutas, no dejo de soplarte el cabello, no te inmutas, no reaccionas a mis historias. En el cielo las nubes te observan, soy el mismo del pasado en el futuro, mira, mira, mira, míralo…

Acaba con este castigo, esta cancioncilla que martillea mi mente desde hace meses. Tanto tiempo ha pasado que he olvidado el olor de tu consciencia. Arrebátame el sentido para sentir lo que tu sientes, permíteme…

Tengo una vida que contar y un gran vacío que no me quiere escuchar, huyo de lo convencional porque he visto cosas que me han hecho olvidar aquello que era normal. Soy habitante de un mundo extraño donde nunca fui considerado ciudadano. He inspirado a personas geniales ya olvidadas y a grandes necios por siempre recordados. Tengo una historia que contar.

-Dejadme en paz, no me podéis matar. Soy un ser inmortal que tiene mil historias que contar y ésta que os voy a relatar os hará olvidar que os hizo acecharme con esos pensamientos tan poco loables. Aquesta historia cuenta el mal por el que perdí mi corazón de gran valor. No desmerezcáis mis historias, pues han obnubilado a masas, han hecho llorar a generales y han convertido a adultos en niños. Mis historias han asombrado, y no solo por los temas que tratan, hechos que desbordan lo racional, sino porque mis ojos saben ver lo que otros no aciertan a percibir. Soy una criatura que no duerme, no sueña, pero que está acostumbrada a ver dormir. Y sé cuando el gozo colma los sueños de un ser dormido y cuando son negras pesadillas las que reinan una fría noche. Leo el rostro de los que se olvidan de la consciencia y se lanzan al inhóspito paraíso del mundo sin leyes, y comprendo donde están, qué anhelan, por qué son inconscientes.

Los caminos por los que he viajado no figuran en mapas y muchas lenguas que hablo ya no son conocidas por nadie. Las gentes que me vieron nunca hablaron de mí, porque nadie ha sabido entender lo que soy, nadie supo de lo que fui capaz, soy testigo y actor de sucesos en los que nunca se me involucró. He visto campos verdes que después de ser abrazados por el sol quedaban negros, he visto tierras pasto de cataclismos y a ejércitos batirse entre colinas. He visto salir al sol millones de veces y sé que eso es lo único que podemos esperar, con seguridad,  de nuevo al día siguiente. He visto océanos secos porque sus aguas habían huido a desiertos. He visto morirse a animales que eran los últimos de sus especies y sé de lo que es capaz cada ser que vive en este planeta. No hay ser por extrañas que sean sus acciones que haya nacido con la capacidad de sorprenderme. He conseguido entender aquel sentimiento que me fue negado al nacer y que es dueño de la mayor irreverencia del ser humano. He descifrado su única capacidad que le diferencia del resto de las bestias, su capacidad de imaginar.

CAPITULO 1: Thiago.
Era una época tan extraña como cualquier otra, sin embargo la distinguía su tranquilidad. No hay nada que me haga superior a las gentes cuya historia voy a relatar, pero lo cierto es que he vivido más que ellos y no obstante seré más joven que ellos por siempre jamás. Todos ellos tenían la misma sangre, bueno, no todos. Pero sí tenían el mismo nombre.

Nunca hubo una noche tan silenciosa en aquel pozo de obscuridad, nunca había sentido tantas emociones entrelazas, era la primer noche en vela de su vida. A la pequeña Zoé no le ocurrió lo mismo, dormía en los brazos de su madre.

Ella no habría entendido nada, aún no sabía nada, aún era feliz, la envidiaba con todas su fuerzas. Él miraba el techo de su habitación, inmóvil durante toda aquella noche, miraba el mismo techo que poco a poco se iluminaba liberando su color blanco. El silencio se deshilachaba según sus padres llenaban la casa de pasos entremezclados con leves suspiros. La tensión le presionaba el corazón, respiraba irregularmente. Contaba los coches que pasaban por la calle, iban dos. Escuchaba las voces ausentes del exterior. No se podía levantar, aunque no hubo antes ninguna noche que hubiera deseado tanto hacerlo.

Igmar, su padre, y Katalina, su madre, quien cargaba con Zoé, entraron en su habitación, no escuchó lo que le dijeron. Permanecía inerte, haciéndose el dormido con los ojos abiertos.

Nunca la casa estuvo tan lejana, lúgubre, fría, tan ebria. Le intimidaba la casa en la que había vivido toda su vida. Cuando puso los pies sobre el suelo decidió cerrar los mismos ojos que permanecieron abiertos horas atrás. Llegó a la que había sido la cocina y esperó a que el futuro lo abrazase y se lo llevara de allí. Esperó y esperó sin obtener ningún resultado, tuvo que aceptar aquello que lo atemorizaba, debería ser él mismo el que actuase. Para Zoé no fue tan fácil, todo le vino de golpe, a las 8:00 am empezó a llorar. Lloraba porque no tenía a sus muñecos, sólo le quedaba uno de sus peluches. Lloraba porque no volvería a ver a sus amigas. Lloraba porque no entendía que su vida había dejado de tener valor, aunque ese último punto iba más allá de lo que ella estaba dispuesta a asimilar, era una chica inteligente, tenía cuatro años.

Ella había viajado siempre en el gran coche de su padre, ella presumía del coche de su padre, adoraba el asiento del coche que era más grande que su cama, adoraba el coche viejo. Porque el nuevo era más viejo, más feo y mucho más pequeño. ¿Por qué el nuevo era más viejo, más feo y mucho más pequeño? ¿Por qué en la tele habían dejado de dar sus dibujos favoritos? ¿Por qué ya no hacía falta ir al colegio y sin embargo tenía que aprender un extraño idioma sin sentido? Todo se le olvidó cuando se volvió a quedar dormida, qué felicidad, qué envidia…

El sol le hería el alma, miraba por la ventana, sólo un coche, a la espalda su vida, nada de nada. Lo peor, ya no había nadie que fuera a despedirle.

Todo era diferente cuando el paisaje empezaba a moverse a través de su ventanilla, ya no había pasado, ni futuro, todo se había convertido en un impás demasiado tranquilo. El desconocimiento de lo que le esperaba era mejor que el conocimiento, conocimiento…

El coche petardeaba y era ruidoso, además apenas amortiguaba los baches. Igmar llevaba los brazos tiesos, no habían cruzado palabra en lo que llevaban de viaje. Katalina miraba el horizonte, Zoé dormía, qué envidia. Las ruedas se aferraban con demasiado cariño al asfalto, les costaba avanzar, todo estaba demasiado vacío, el día era lúgubremente demasiado bien iluminado.

Igmar tenía la costumbre de llevar el volante únicamente con una mano, la otra la dejaba muerta sobre la palanca de cambios. Katalina hacía unos minutos había posado su mano encima de la de su marido, ambos cambiaban las marchas al unísono, compenetrados, pero dubitativos. Hacía muchos años que se conocieron, aunque su relación fuera más reciente. Se vieron crecer el uno al otro dentro de aquel mundo, vieron como evolucionaban para acabar convirtiéndose en lo que eran juntos. Aquel era un viaje que supieron iban a tener la obligación de emprender desde el mismo día de su nacimiento, pero que sin embargo habían retrasado hasta el último momento posible.

Si, miraban al frente, al pálido horizonte que poco a poco se les iba abriendo, demasiado grande y lejano. En su retina sólo estaba la vida que habían dejado atrás, la infancia, las casas de sus padres, el instituto y el colegio, los bares, las calles por cuyas aceras habían caminado durante décadas, todo lo que nunca iban a volver a ver. El escenario de la que había sido sus vidas. La heladería de la calle mayor donde le dijo que estaba embarazada, el cine donde ella quiso besarle y él no se enteró. La taberna donde él, estando borracho como una cuba, le pidió que se casara, y dónde ella, perfectamente sobria, aceptó.

Abandonaban aquella ciudad frecuentemente abatida por la lluvia y ocultada por la niebla, dónde la humedad se había convertido en algo indispensable para respirar. Abandonaban un lugar que ya estaban echando de menos, y no por que fuera mejor que otros sino por que era el único que habían conocido. Morriña. Murria. La certeza de que no iba a haber un regreso se les clavaba en el pecho con dolor. Y en el asiento de atrás se convertía en rabia, desdén y odio a todo, incluida la propia ciudad, en el caso de Thiago. Y sueños en el caso de Zoé, siempre aferrada a su mapache de peluche.

 

CAPITULO 2: Zoé.

El cielo aún no se había encendido por completo. El silencio era tranquilizador, algo adormecedor. Pese a que el ambiente exterior era tenso, la paz dominaba y dentro de la casa se podía sentir seguridad. Antes de lo que solía ser normal el padre despertó a los hijos, la madre miraba desde la puerta. Las maletas estaban hechas y habían sido cuidadosamente depositadas al lado de la puerta desde la noche anterior. Zoé se frotaba los ojos estando ya en brazos de su madre que la había sacado de la cama para no perder tiempo. Su hermano estaba ya en la cocina con el pijama puesto. Nadie sonreía, nadie hablaba, nadie se miraba. El padre desayunó y los demás se vistieron. La niña salió a la calle sin peinar y con un chandal de la pantera rosa. Todos sabían hacía tiempo que tendrían que irse, todos sabían que todo iba cambiar, pero ella no entendía nada. Había asumido el viaje tiempo atrás, después de ríos de lágrimas, después de que sus amigas empezaran a irse, cuando ella aún no podía. Todo le quedaba muy por encima. Las conversaciones la excluían y las causas de todo le eran ajenas.

Volvió a llorar al ver su casa por última vez, mirando, desde el coche, por la ventana trasera, subida en el asiento de atrás. Sus gimoteos eran lo único que se oía, los demás los tomaban como propios. Aunque miraban hacia delante, el cuello se les volvía atrás al ver cada esquina por la que no volverían a pasar. Al frente les esperaba un futuro del que nunca hablaron, que ella desconocía y puede que los demás también. Las calles estaban vacías, la carretera también. De vez en cuando adelantaban a algún automóvil cargado de trastos, los suyos habían salido el día anterior en el camión de mudanzas. El cielo estaba despejado y el sol no iba a tardar en calentar con fuerza. Algunas nubes aún luchaban por sobrevivir en el cielo.

El coche iba rápido, quizá demasiado, el pensamiento de todos estaba en otro lugar.
-No pongas los pies encima del asiento – le recriminó la madre. Su hermano estaba apoyado en la ventanilla, ido absolutamente desde que habían salido, enfadado con nadie, triste por nada y melancólico por todo. Todos sus recuerdos iban a ser definitivamente sus viejos recuerdos, ya que su realidad, la de todos, iba a cambiar drásticamente.

El ruido del automóvil era suave y no se oía mucho pero se hacía angustioso. Igmar, cada vez que intuía la mirada de cualquier miembro de su familia podía sentir la culpa. Pero, aún sabiendo que aquello era lo apropiado, era él quien se hacía más culpable por la marcha. Era él quién conducía y ello le servía de excusa para no tener que mirar atrás, incluso cada vez que miraba el retrovisor apartaba la vista antes de apreciar si venía algún coche. Los pocos automóviles que tenían que adelantar no les hacían reducir su velocidad, puesto que, en dirección contraria, no parecía estar permitido el trayecto.

-¿Existe alguna posibilidad de que la respuesta sea no? – respondió Thiago a una pregunta nunca formulada.

El silencio fue continuo durante bastante tiempo, nadie le preguntó. Zoé hacía un rato ya viajaba con los brazos cruzados ligeramente adormecida. La madre giraba la cabeza cada minuto para controlar a sus hijos, Igmar aceleraba inconscientemente y la frontera se acercaba doscientos kilómetros más allá. Pasaban por pueblos desiertos y en algunas ciudades, a horas más avanzadas de la mañana, les observaban con una indiferencia resentida. Las miradas eran frías, habituales y semejas. El ambiente, igual que el de donde partieron.

Inconscientemente, como había estado conduciendo desde que partieron, al ver los carteles de la frontera a ciento cincuenta kilómetros empezó a reducir la velocidad. Katalina esperaba que decelerase aún más.

Amaban su vida, su inactividad, la tranquilidad en que estaban asentados desde que empezaron a vivir en la única casa que conocían sus hijos. Su amor de rutina y su relación de necesidad los había unido mucho más que el amor que pudieran llegar a sentir, y ese concepto de supervivencia, de tirar hacia adelante sin querer complicarse más allá de a lo que estás acostumbrado se lo habían trasmitido a sus hijos, que no podían imaginar que tan básico esquema pudiera verse truncado. Sentían, amaban, soñaban y creían que manejaban su existencia, podían hacerlo y nunca se plantearon que tuvieran que llegar a hacerlo de verdad. Ellos podían, pero nunca estuvieron preparados para afrontarlo. Y pese a la idea de que aquello podría pasar en cualquier momento, nunca estuvieron listos para separarse de su vieja vida, a la que estaban tan aferrados como Zoé a su mapache de peluche.

 

CAPÍTULO 3: Mamá y Papá.
Dormían, increíblemente, dormían. Después de días de insomnio, nerviosismo, dudas y stress. Ligeramente doblados, los dos estaban orientados hacia el centro de la cama. Igmar abrazaba el edredón, que no les había echo falta durante la noche, y Katalina, aún dormida, jugueteaba con su mano y la sabana.

Un bufido estremecedor, sordo, repetitivo e insistente cortó aquella escena. El despertador no consiguió su cometido, sin embargo el viaje les vino rápidamente a la mente. Mientras él se tocaba el sudor frío que notaba en la frente, Katalina comprobaba que las maletas siguieran donde las había dejado la noche anterior. Aunque, de hecho, llevaran allí semanas.

Sentían que no era posible estar preparados para afrontar aquel loco exilio, no era posible dar carpetazo a todo. Pero fue aquella infinita espera la que estuvo a punto de volverles locos. Días y días sin hacer nada, sin moverse de casa, con todas sus cosas empaquetadas, sin saber cuál iba a ser el día definitivo. Esperando, esperando a que un desconocido les dejase partir por fin, esperando a que todo se solucionase, esperando salvar su vida y la de sus hijos. Ella, sin embargo, no se había encargado de ningún trámite, se lo había dejado todo a Igmar, aunque aún no sabía bien por qué. Se quedaba en casa, todos los días laborables, durante todas las semanas de los últimos tres meses. Se quedaba en casa esperando a que volviese su marido sonriente, con un visado en la mano. A que volviese corriendo y alegre, en vez de mustio como lo había hecho siempre. Esperaba, esperaba a que el agobio, la angustia y los nervios le fuesen abrazando lentamente para ahogarle poco a poco sin que se diera cuenta. Nunca se lo comentó a nadie, pero era perceptible en su cara, aquello no lo hubiera soportado ni una semana más.

Igmar, por su parte, llevaba caminando día tras día el mismo trayecto, el mismo trayecto desde que perdiera su trabajo. El mismo trayecto de súplica, dolor y protesta. El mismo trayecto que le llevaba a peregrinar por los consulados y oficinas gubernamentales. Todo en vano, siempre era necesario un documento para conseguir otro documento, y todos costaban demasiado dinero.

Perdió su trabajo cuando la compañía para la que trabajaba como ingeniero decidió salir del país. La delegación nacional de la compañía decidió disolverse y todos sus empleados quedaron en el paro. La empresa automovilística, cuarta en ventas mundiales empleaba al quince por ciento de los trabajadores de la ciudad. Por lo tanto, fue el cierre de la fábrica el que supuso el punto de inflexión que había llevado a la ciudad a su fin. Las ciudades del resto del país, sin embargo, no llevaban un destino diferente.

Pero todo aquello había acabado, estaban en camino, y pese a sus secretos, Igmar circulaba feliz entre el mar a su izquierda y algunas pequeñas colinas, con algunos riscos más escarpados de fondo, a la derecha.

Había estado suplicando durante meses en todos los consulados que había en la ciudad, hizo varios viajes a la capital para visitar otras embajadas, sin embargo nunca le hicieron el más mínimo caso. Rogó por sus hijos durante mucho tiempo en lugares equivocados. Por fin, tres días atrás había encontrado el lugar dónde entenderían su situación y le darían los papeles necesarios para huir. Todo fue muy rápido, sin problemas. Y, sin embargo, no le contó nada a su familia sobre dónde había conseguido los documentos, era su secreto. ¿Por eso sudaba por la mañana y le temblaban los brazos al volante? Desde el asiento de atrás solo se podía ver parte de su cara por el espejo retrovisor, sin embargo se veía que su expresión no era consoladora. Nadie de la familia le dio importancia al nerviosismo de Igmar, lo tomaron como algo normal, similar al que ellos mismos llevaban incrustado en los huesos desde hace semanas. Él, sin embargo, veía a su familia relativamente tranquila y se le calmaban los nervios al ver como los carteles que indicaban la distancia a la frontera iban pasando.

CAPÍTULO 4: 50 km a la frontera.

¿Por qué aquella huida, aquel éxodo nacional? ¿Por qué el país se estaba yendo a la mierda y las ciudades estaban semidesiertas? La angustia que sólo provoca una guerra inminente, anunciada ya desde hace más de cincuenta años. Cincuenta años de un lento y progresivo acercamiento a un conflicto que se fue retrasando mientras se olvidaban las consecuencias de la última guerra. Y era un conflicto tan complicado como la propia identidad humana. No era un guerra civil, sin embargo en cada país había minorías y mayorías que se enfrentaban entre sí desde que se conocieron. Tres nacionalidades, tres religiones, tres territorios y un abanico de formaciones políticas desde la más extrema derecha a su respectiva izquierda, todas radicalizadas y con demasiado poder. Y bajo todo: muchos recuerdos de siglos de luchas, muertes y asesinatos, de guerras olvidadas y genocidios imposibles de olvidar.

Países limítrofes, multiculturales y con muchas semejanzas que les hacían próximos en identidad cultural y social además de en el territorio. Una mayoría católica, una gran minoría protestante y otra minoría musulmana, una mayoría protestante y minorías católica, musulmana y judía. Ambas habían estado cuatro meses en guerra y ahora llevaban un mes de tregua. Muchos musulmanes de estos países habían huido. Sin embargo, en su refugio facciones protestantes y católicas estaban avocándose a un nuevo conflicto armado. Y los gobiernos de diferentes provincias de extrema derecha, enfrentados con otras provincias de otra mayoría religiosa, estaban a punto de acabar con el actual gobierno, de carácter laico. El miedo a la masacre de una guerra había hecho prosperar durante muchos años a partidos ateos, que excluían a las religiones de las políticas nacionales. Algunos fracasos de esos partidos y escándalos de corrupción habían hecho ascender a una derecha muy vinculada a la religión, fuere cual fuere ésta. A raíz de ésto se produjo una reacción en cadena en los tres países que llevaba a los electores a elegir entre estos partidos en busca de su identidad religiosa.

Mi familia había visto llegar a muchos refugiados allí donde vivíamos. Ahora era la gente de allí la que huía del miedo, cinco meses de intervalo desde que comenzara el conflicto hasta que su país se involucrara. Pero vía marítima los viajes eran muy caros y escasos. Y por tierra solo había frontera con los otros países en guerra. Así pues, las minorías buscaban el país donde se sintieran más seguros, e Igmar pretendía ir al este protestante, aunque con la intención de, desde allí, buscar otro país como destino final. La frontera se había abierto tras la tregua, aunque con muchas restricciones. En los países beligerantes era la policía militar quien controlaba las fronteras, si no el mismo ejercito. Mientras, en este lado de la frontera aumentaba la sensación de un vacío de poder que ayudaba a fomentar el desorden en los pasos fronterizos. Mientras duraba la guerra el viejo y aún actual gobierno había decretado el cierre de todas las aduanas de tierra. Pero llegada la tregua se tuvo que proceder a una parcial apertura que precedió al caos. Tanto protestantes, como católicos y musulmanes se cruzaban en la frontera intentando buscar un lugar más seguro para sus familias.

Los tres países, en conjunto, formaban una península en el continente, no eran países muy grandes, y el nuestro se encontraba justo en la punta de la península y por ello tenía muchos kilómetros de costa y una amplia frontera al noreste con los otros dos países en conflicto.

Vuelvo al coche dónde había dejado a mi familia acercándose demasiado a su destino.

Empezaban a ver algunos vehículos militares y camiones y autobuses de refugiados. En el norte estaba a punto de declararse un nuevo estado independiente musulmán, así que muchos católicos y protestantes huían al sur del país y, los que podían, huirían hacia el noreste protestante.

Nunca he entendido ese vínculo acérrimo de los humanos con su dios y los representantes (según ellos) de ese dios en la Tierra. Únicamente originado por el desconocimiento de si mismo y de su propio origen. Cada persona es un mundo que esperemos no sea éste. Con saberse situado en su momento, consciente de su origen y conocedor de su futuro, en mi caso la inmortalidad, no existen problemas de dioses, semidioses y profetas pesados. ¿Acaso se ha visto a alguno de mi especie venerar a algo o a alguien que no haya sido a si mismo? Sé que no podéis contestarme puesto que en vuestra mente radica la ignorancia. Pero he de decir que sólo temo a una cosa y existen numerosos indicios de que se extinguió hace siglos. Era poderoso, y soy poderoso. Veía a los humanos con sus ridículas trifulcas, con sus tanques arriba y abajo, y veía a mi familia dirigirse a su fin, pero ¿acaso me hacían caso?

 

CAPÍTULO 5: Secretos.

Un ser humano cualquiera esta íntimamente ligado y depende completamente de sus secretos, un ser humano está compuesto de entrañas pringosas y secretos que le van dictaminando como actuar para no ser descubierto. Tiene un fabuloso cerebro, único en el planeta, del que sólo hace uso de una ínfima parte y aún así parece seguir instintos que no tiene. Por ello es fácil de manipular y adiestrar.

Igmar, al ver la frontera muy próxima, decidió parar, necesitaba pensar. Ante la sorpresa de su familia, salió del coche, dio un paseo, volvió, sacó algunos trastos del maletero, los puso en el asiento de atrás y cogió todo lo que llevaban en el asiento trasero sus hijos y lo metió en el maletero. Incluido el peluche de Zoé, con el consiguiente berrinche. Justo antes de arrancar tuvo que sacarlo del maletero y devolvérselo.

Pocos kilómetros más adelante se encontraron con una caravana que confluía en la fila de vehículos que pretendían cruzar la frontera y esperaban en la aduana. Igmar no había explicado lo que había sucedido hacía cinco minutos y permanecía callado y aferrado al volante con violencia.

-No os he contado una cosa- afirmó al fin.

Se hizo el silencio en el coche, incluida Zoé que sin entender que algo grave sucedía parecía comprender.

-Habla por favor.
-No tengo todos los papeles necesarios para cruzar la frontera.

Ahora comprendía hasta Zoé e incluso se podría llegar a percibir el enfado del peluche.

-¡Entonces!, ¿qué cojones hacemos aquí? -gritó Thiago agarrando el reposacabezas de su padre y agitándolo hasta arrancarlo.
-Vamos a intentar cruzar.

Igmar, ante la imposibilidad de conseguir vía diplomática los papeles para el viaje, decidió acudir al mercado negro. Allí consiguió los pasaportes, visados y certificados necesarios para salir del país y hacer el tránsito hasta llegar a otro país. Y sin embargo faltaban dos sellos para cruzar la aduana que le había de proporcionar un compinche en la misma aduana.

Aquello no sentó nada bien a Katalina, consciente en cierto modo de que algo sucedía, pero incapaz de preguntar a su marido qué era lo que le pasaba. No lloraba, pero gimoteaba mientras gritaba pidiendo saber y quejándose de no haber sabido, más que por la situación en la que estaban. Zoé se había aproximado a su hermano buscando contacto mientras éste ratificaba cada una de las palabras de su madre.

Y, aunque no les pareció nada bien, decidieron esperar allí mismo mientras Igmar iba, a pie, a buscar a la persona que debería sellarle los papeles.

Esos sellos podían cambiar de un día a otro, dependiendo de como estuviese la frontera y el estamento que proporcionase los papeles. Sin embargo, el personal de la aduana no variaba mientras no se declarara la guerra y la mafia había colocado allí a uno de sus hombres.

Esperaban a Igmar en silencio, compartiendo insultos y conteniéndose mientras veían pasar carros de combate justo a su lado. Thiago había apartado bruscamente a su hermana cuando ésta estaba asustada y quiso abrazarle, así que había corrido al asiento de delante en busca del regazo de su madre entre sollozos. Ésta apenas se había percatado de la presencia de Zoé mientras miraba a lo lejos en busca de Igmar en el puesto fronterizo. Thiago había salido fuera del coche y apuntaba al mismo objetivo. Zoé agarraba al mapache más fuerte que nunca y buscaba alguna cinta que poner en el radio-cassette del coche.

-¿No has traído mis cintas, mamá? ¡Mamá!, ¡¡¡mamá!!!
-¿Qué dices?
-Mis cintas, ¿las has traído? ¡Mamá!
-No sé, mira en la bolsa que ha metido tu padre en el maletero.

Habían pasado tres cuartos de hora desde que se había marchado Igmar y pese a que no le gustaba nada la idea a Katalina, Thiago decidió acercarse a ver.

Pasó al lado de montones de vehículos, muchas furgonetas viejas, modelos que hacía años no veía, familias, muchos niños, y muchas bacas llenas de trastos. La gente esperaba fuera pese a que el día estaba cambiando y se avecinaba lluvia después de que la temperatura hubiera bajado. Aquello parecía un camping, había personas que habían sacado mesas y sillas y permanecían en los alrededores sentados, algunos comiendo. En dirección contraria no venía ni un solo vehículo.

Volvió en cinco minutos, Igmar seguía haciendo cola e iba para largo.

Zoé saltó del coche y trepó hasta su techo. Katalina decidió salir también, después de preparar unos bocadillos que pensaba haber utilizado más adelante. Thiago se volvía a ir para echar una ojeada a cómo estaba el otro lado de la frontera.

CAPÍTULO 6: Los musulmanes.

-Los jodidos mustafás ya no vienen- gritó Thiago mientras volvía corriendo.
Katalina no entendía…
-Mamá, los musulmanes han dejado de venir.
-Bueno y qué, alguna vez tendrían que dejar de venir.
-No lo entiendes, nadie entra ya aquí, nadie quiere entrar…
-Es lógico, nosotros mismos estamos tratando de irnos.
-¡¡Pero mamá!!, ni siquiera los mustafás se sienten a salvo aquí ya. Fijo que estamos en guerra. ¡Fijo! Enciende la radio.

Las cadenas que no estaban reponiendo estaban con programas musicales y los de noticias hablaban del conflicto entre los otros países.

-Habrán cerrado la frontera y por eso ya no vienen.
-¿Y por qué iban a cerrar la frontera? Porque estamos en guerra.
-¡Zoé! ¿dónde está Zoé?
-Estará en el techo…
-¡Zoé! -gritó Katalina hasta desgañitarse, hasta que vio que había sacado todo lo que llevaban en el maletero para buscar sus cintas. Ella estaba en el fondo.

-No hay sellos, la guerra es inminente.
Igmar volvió preocupado, no le habían sellado nada, ya no tenían matasellos adecuados, no salía nadie que no llevase todo arreglado desde la capital. La tregua acababa al día siguiente y todo parecía indicar que iban a entrar en guerra, puesto que el gobierno actual estaba a punto de caer. Corría el rumor de un golpe de estado y el norte del país había anunciado su secesión. Todo había cambiado y el noventa por ciento de los coches que esperaban iban a tener que dar media vuelta. Pero el contacto le había dicho que él le podía dejar pasar y que tenía un contacto en la otra aduana que, si estaba en ese momento, podría dejarles pasar también, todo pagando por supuesto, humanos, humanos…

-Pretendes pasar ilegalmente por la frontera de dos países que están en guerra, con tus hijos, desgraciado…
-¿Qué quieres? Dejarles en un país en guerra y sin futuro…
Una bomba les hizo callar. Ya habían oído bombas, las bombas no tenían porque ser prueba de que hubiese comenzado la guerra. Pero callaban, el campamento entero callaba justo antes de enloquecer en gritos y prisas por recoger e irse. Al cabo de dos horas tan sólo quedaban veinte vehículos y ninguno detrás suyo. La cosa iba rápida, al parecer había más retraso en la aduana del otro lado. El contacto se había acercado y les había dicho que su “amigo” estaba en la otra frontera y ya habían pasado a otro coche. Le dieron prácticamente todo el dinero que llevaban. El lugar se estaba vaciando completamente, incluso de militares. Zoé, sobre el regazo de su madre se aferraba a su vientre, sin olvidar su peluche.

Estaban bajo la marquesina de la aduana y pasaron sin problemas.

La cola continuaba hasta llegar al siguiente paso fronterizo, la entrada a la esperanza. Los coches avanzaban lentamente, lo único que había en aquel lugar interaduanero era un pequeño restaurante que debía servir para que la gente que hacía cola en la aduana pudiese comer algo mientras, ahora apenas había nada de comer. Sólo un camarero que servía bebidas. No por mucho tiempo. Cada vez había menos gente en las aduanas y, como ya no venían coches desde el otro lado, se estaban yendo los guardas del puesto que tenían ya a su espalda. Únicamente quedaban diez coches en una basta extensión de asfalto, adornada con ocho columnas sin sentido aparente. Todos en una fila, aunque el paso estuviera dotado de seis carriles, bastantes ocupantes de los coches esperaban fuera, mirando lo que pasaba con los que les precedían, todos pasaban. Todos eran protestantes. Ellos los últimos y les llegaba el turno.

-Estos papeles no están en regla, les falta la acreditación del consulado y el sello de la guardia fronteriza.

Por más que rogó, explicó e insinuó que había “comprado” su pase, el guardia se mostró frío y no reconoció en ningún momento ser el contacto del otro guarda. Manifestó rotundamente que no iba a pasar nadie que no tuviera los papeles en regla. Nadie. Dijo que deberían dar la vuelta.

Nunca sabrían si era el contacto y decidió, con el dinero en el bolsillo, no dejarles pasar, si era otro, o simplemente el otro hombre no había pagado a nadie y se había quedado con el dinero. El viaje acababa allí y debían dar media vuelta.

-Al menos no estamos peor que antes.
-Estamos mucho peor, no tenemos nada de dinero, si no nos llega la gasolina hasta casa no tendremos para comprar más. No tenemos nada, no tenemos futuro, donde ir, has perdido el juego, game over, a la mierda…

Zoé se echó a llorar al oír a su hermano, Katalina iba a recriminar a su hijo, pero estaba demasiado de acuerdo como para no sentirse demasiado cínica.

Dieron la vuelta. Iban a cruzar la aduana que ya habían cruzado y les dieron el alto. Sólo quedaba un guarda, y no era de la guardia de aduanas, era de la policía militar. Quien les había dejado pasar ya no estaba.

-¿Cómo qué no nos dejan pasar? Somos ciudadanos de este país.

La frontera había sido cerrada, sus pasaportes no estaban en regla y técnicamente nunca habían llegado a salir. Además, con el anuncio de la secesión del norte del país, aquel ni siquiera era ya el mismo país que habían abandonado hace unos minutos. Y los militares no parecerían por la labor de entender la particularidad de la situación, así que no podían regresar. Es la idiosincrasia de los seres humanos y sus leyes, los hechos demostrados están por encima de los hechos evidentes.

Ruego, explicación e insinuación se convirtieron en suplica y sollozo. Igmar era incapaz de articular un explicación coherente que les sacara del lío.

-El documento de identidad no les sirve para entrar en el país si la frontera está cerrada, necesitan un salvoconducto del ejercito o un documento especial del gobierno que les permita la entrada en el país, si van al consulado pueden solicitarlo, aunque dudo que se lo entreguen por ahora. No siendo protestantes.

De nada servía.

Katalina gritó al policía explicando que les era imposible llegar hasta el consulado si no podían cruzar la frontera.

-Bueno, quizá quedarse atrapados aquí sea lo mejor que les pueda haber pasado en esta guerra…

CAPÍTULO 7: Más secretos.

Una hora antes sus ojos eran un libro abierto, su mente se tambaleaba, levaba 72 horas sin dormir apenas. Sudaba cuando sentía frío. Tiritaba con frecuencia pese a tener calor. Rehuía la mirada de su familia. Sentía miedo, no, pavor. Se sentía indefenso. Insignificante, débil.

Aceptó, nunca debió hacerlo. Ya no había marcha atrás. Le faltaba serenidad y nunca estuvo preparado para lo que se le venía encima.

Una vez, cuando era pequeño, su padre le aseguró que acabaría saliendo del país. Lo haría para subsistir, para huir de aquel triangulo de odio visceral que gobernaba las tres naciones. Nunca estuvo preparado par huir. Caminaba hacia la aduana con pisada pesada sopesando posibles soluciones. Las neuronas se le retorcían dentro de la cabeza buscando un discurso, inventado posibles situaciones y su respuesta. Se inventaba a si mismo valiente, decidido y enérgico. No imaginó que le dirían que no había sello, no imaginó que debería confiarle su futuro y el de su familia a un desconocido. Se jugaba su vida a la carta más alta. Antes de volver al coche pasó por el restaurante y tomó un whisky doble. Le tranquilizó.

Explicó lo ocurrido lo más optimista posible, obviando los puntos más oscuros, cualquier problemilla les retendría sin poder cruzar la frontera, pues iban a cerrarla inmediatamente. Ignoró su segundo secreto y lanzó el mayor órdago de su vida, sin saber siquiera si llevaba un farol.

No quería cruzar, se sabía indefenso. No quería que les llegase el turno, buscaba razones que le permitiesen dar media vuelta. No había ninguna.

¿Cómo sé esto? ¿Tengo el don de la omnipresencia? No. Lo leí en su ojos, los humanos están continuamente deseando expresar sus emociones, ¿se podría imaginar una cara tan expresiva en cualquier otro ser…?

Vacilaba, no arrancaba cuando lo hacía el de delante. Sudaba, tenía frío, el hambre no le desanudaba el estómago. Necesitaba rehuir el compromiso.

En la aduana se mostró nervioso, preocupado, poco natural, apenas se acordaba hacía dónde iba. Buscaba continuamente la aprobación de Katalina y sus hijos, buscaba una respuesta convincente. El guarda aceptó sin problema sus papeles incompletos y les hizo pasar, le habían pagado todos sus ahorros. Sólo le quedaba su segundo secreto.

Cruzaban lentamente aquella tierra de nadie que había entre las dos aduanas. Debieron jugársela en algún barco, pensaba entonces. No había marcha atrás, la frontera tras ellos quedaba cerrada, era un consuelo, ya que, aunque quisieran, ya no podrían volver a su país. Habían huido de quien quería matarles, se iban tranquilizando poco a poco. La espera era más cómoda en aquel sitio al margen de las nacionalidades, religiones y banderas. Aquel sitio donde nadie vivía y nunca había guerras.

Su corazón había decidido, por fin, reducir la frecuencia de sus latidos a cifras altas más cerca de lo saludablemente normal. Sus ojos, rojos, parpadeaban con la misma insistencia, aunque ya, sin dañar al ojo con la carga anterior. Pronto, en cuanto cruzaran la aduana, su secreto iba a pasar a ser una anécdota, pudiendo así relajarse en su incómodo asiento de conductor, frecuentemente golpeado por Zoé.

Olía la libertad, aunque entrara en un país en guerra, avistar cotas más lejanas era por ahora utópico. Decían, no obstante, que más allá, al otro lado del país la frontera estaba abierta para todos los refugiados. Era lo más feliz que podía sentirse un hombre cuya responsabilidad se le escurriera entre los dedos.

Nada, absolutamente nada le hacía sospechar que todo aquello que vislumbraba no era más que un espejismo. Un espejismo entretejido en sus entrañas desde que, con diez años, supiera que un día tendría que huir. ¿Por qué nunca se había asegurado su salida? Es una de los innumerables actos absurdos que hacen del ser humano un ser impredecible.

Seguía feliz cuando en la aduana le dieron el alto, cuando entregaba sus papeles de protestante a un militar con una sonrisa demasiado real. Y seguía soñando con su mundo de fáciles soluciones cuando aquel soldado católico les decía que no podían pasar, que debían volver a morir a su casa. ¡Ojalá!

CAPÍTULO 8: Conticinio.

Hace mucho tiempo un humano escribió: “Por la mañana emerjo de mis sueños, feliz como un ángel.(…) Por la noche me acuesto hecho un cerdo. ¿Qué he hecho mientras tanto? He frecuentado la compañía de los hombres y he removido su mierda.” Aquel hombre era Abdulah Sidran y refleja perfectamente mi convivencia con aquellos seres, que se llamaban a sí mismos “personas”.

Según quienes inventaron el lenguaje que hablamos y el diccionario que desarrollaron para tratar de aglutinar el vocabulario existente en dicho lenguaje, “conticinio” es la hora de la noche en que todo está en silencio. Allí, aislados, se encontraban en un conticinio continuo. Nada y nadie, sin información en la llamada sociedad de la información. Sólo el sonido de algunos proyectiles volando por encima de ellos acabarían rompiendo aquella situación. Sin embargo no sería nada más que algo anecdótico que aún faltaba bastante tiempo para que ocurriera.

Situaron su coche en un extremo de la explanada, fuera de la superficie asfaltada y pegado a una alta valla que delimitaba el lugar. Aquel margen, la zona asfaltada, el pequeño restaurante y otro margen al otro lado, detrás del restaurante, era todo el terreno que disponían para moverse. El camarero que sirvió a Igmar no tardó en irse deseándoles suerte y sintiendo mucho no poder dejarles abierto el local. Sin embargo si les dio algunas bolsas de patatas fritas que aún quedaban dentro.

Estaban encerrados en una celda demasiado grande. Dos vallas muy altas y protegidas en su cima con alambre de espino hacían imposible la salida por los laterales. Las aduanas al frente estaban bien custodiadas, al margen de las vallas que tardarían poco en instalar. Pronto en el margen de su país instalarían una segunda línea, por lo menos, de trincheras dónde se parapetarían los militares.

Eran algo anecdótico, la nota absurda de color en el enfrentamiento que se aproximaba. Los soldados que llegaban al otro lado les miraban con asombro y curiosidad, como animales de feria. Pronto, la presencia de personas a ambos lados de las fronteras, aparentemente, se hizo nula. Aumentando la sensación de aislamiento.

-¿Cómo? Algún día me explicarás cómo demonios hemos acabado encerrados en este lugar de locos. Me explicarás qué tratos haces, con quién los haces y qué referencias tienes de las personas con quien los haces. Me explicarás por qué me casé contigo y te hice caso en algo. Me explicarás cómo vamos a salir de aquí y cómo nuestros hijos no se van a morir de hambre. Te estoy escuchando…
-Todo tiene… El caso es que… Yo creí… No sé decir…No sabemos si…
-Quiero que vayas a solucionar este lío y me da igual si te matan o no, porque si vuelves sin haber arreglado nada, la que te va a matar soy yo…
-Pero cariño…
-Cariño, ni leches. O solucionas esto inmediatamente o dejas de existir para mí en lo que nos pueda quedar de vida.
-¿Qué puedo hacer…? – gritó cuando su mujer se había dado la vuelta, entrado en el coche y estaba apunto de dar un portazo.
-Por descontado, por ahora no entras en el coche – afirmó Katalina bajando la ventanilla un momento.

Thiago caminaba observando el lugar, se encontraba detrás del restaurante. Zoé estaba en el asiento de detrás del coche con un libro de colorear, aún ajena a su situación.

-Mamá, tengo hambre. ¿Cuándo vamos a llegar al lugar dónde vamos?
-Aún tardaremos, cariño, toma patatas.

Thiago comentó que detrás del restaurante había espacio suficiente para meter el coche, entre la valla y el local. Allí estarían más escondidos, ocultos por el establecimiento y a la sombra de la vegetación que había al otro lado de la valla.

Igmar habló con cada persona que se puso al alcance de su voz, todos militares que lo lamentaban mucho, pero que no podían hacer nada.
-Si tratan de entrar yo no les dispararé, pero sin duda alguien lo hará – decían. Al noroeste del recinto había algunos agujeros en la valla. Pero bajo ningún concepto debían intentar escapar por allí. Pues en cuanto se acercaran al lugar serían abatidos. A ningún otro lugar apuntaban tantos objetivos como a aquellos agujeros.

Realmente había sentido miedo de Katalina y estaba atemorizado de volver con malas noticias.
-¡Que no hay nada que hacer!, que nadie nos deja salir, ¿es que además de tonto, eres imbécil?
-Pero, Kata…

Katalina salió del coche y se dirigió a la frontera sur. Al soldado que estaba haciendo guardia le pidió hablar con el oficial de mayor graduación que fuera posible. Éste vino al cabo de un rato y prometió comunicar a la comandancia que se habían quedado atrapados varios ciudadanos en la frontera, para que se tramitara la documentación pertinente.

Igmar dormiría esa noche al raso, a cinco metros del coche. Por lo menos no hacía frío.

-Estamos atrapados, no vamos a salir de aquí, no vamos a ir a ninguna parte. Estaremos aquí hasta que nos muramos de hambre o alguien nos mate.
-¡Thiago! No asustes a tu hermana.

Nadie hablaba de ello, pero, salvo Zoé, lo que realmente temían era que la guerra se decantase del bando católico. O bien musulmán.

Igmar estaba nervioso, fuera de lo normal en una situación anormal. Katalina no le dejaba hablar con sus hijos, a Thiago le parecía razonable.

El tiempo no parecía avanzar, sin embargo acabó llegando la noche. Ellos se vieron sumidos en la obscuridad, mientras lejos se veían los focos que apuntaban respectivamente al “otro lado”.

Habían movido el coche e intentaban dormir dentro. Igmar, apoyado contra el muro del restaurante, buscaba alguna forma de salir de allí para poder pedir perdón. Sin embargo estaba demasiado frenético para pensar con claridad, las manos le temblaban y sentía una sequedad horrorosa en la boca que no se le iba bebiendo. Además tenía una bola en el estomago que le impedía comer cualquier cosa sin vomitar. Buscaba la forma de ser útil. Se fue y volvió al rato. -Tengo una posibilidad, tengo una posibilidad, puedo arreglarlo todo – susurraba frotándose las manos con fuerza como si tuviera frío.

Aquella noche en vela le sentó como un tiro. Los otros habían dormido poco y mal, aunque Zoé dormía plácidamente aún. Él se encontraba ya mal antes, y su cara reflejaba de pronto días y días de insomnio, dudas y responsabilidad. No obstante, sabía que su secreto podría ayudarles a salir de allí, al menos eso pensaba. Aún así, si se enterara, Katalina ya nunca le podría perdonar. Así que estudiaba la situación de forma reservada, actuando a veces de forma poco natural.

-Se le han caído varios tornillos.
-Aunque sea un memo, no te metas con tu padre.
-Es la pura verdad, ¿crees que alguien en sus cabales se reiría de repente sin motivo, más en la situación en la que estamos? ¿Y caminaría compulsivamente de un lado a otro? Además están esas conversaciones absurdas que tiene con los soldados católicos.
-Aún así… Da igual, pero no lo digas delante de Zoé…

La situación se prolongaba, la respuesta de la comandancia y/o de la autoridad competente se haría esperar varios días. Racionaban la comida que tenían contando estar allí por lo menos una semana y, aún así, comían moderadamente bien. Una dieta poco sana, eso sí. Poco a poco se iban relajando, Zoé corría por toda la explanada e Igmar se atrevía a hablar a veces con ellos. Katalina hablaba con frecuencia con el soldado con quien habló en primer lugar buscando noticias.

-Esto es desesperante, estoy aburrido e incómodo. Voy a romper los cristales del local, al menos dentro habrá sillas y mesas. Podremos jugar a las cartas.
-Thiago.
-¿Qué?
-Déjalo…
-Me voy a volver loco como papá, esto es angustioso, como estar atrapado en un agujero estrecho, pero sin que te lo parezca.

CAPÍTULO 9: Más silencio.

Los humanos tienen establecido un comportamiento que denominan responsable, normal y cuerdo. Una forma de actuar al margen de las excentricidades y los impulsos. Como actuaría un buen cristiano, solían decir. Pues bien, esa forma de comportarse que se espera de ellos es lo último que desean hacer. Son irreflexivos, impulsivos, violentos, tozudos y muy a menudo incoherentes con lo que han hecho y dicho anteriormente. Les encanta ser así. Se están mintiendo continuamente a si mismos y a los demás. Además, no tienen la capacidad de reaccionar a lo que no esperan. Por ejemplo, si les va arrollar un tren, un coche o alguien les lanza un cuchillo, lo más probable es que, en vez de apartarse, lo único que hagan es cerrar los ojos. El ser de la razón es irracional por naturaleza. Todo ello se agudiza en situaciones extremas. Por ejemplo si un soldado, armado con un fusil enorme, te dice que un hombre, sentado tranquilamente en su despacho, ha decidido que no te puede ayudar a salir de dónde estás atrapada.

Se desató una bestia, el pobre militar no trataba de echarla, simplemente de quitársela de encima, ella lo agarraba, gritándole todo tipo de agravios y mentando a su madre más que a él mismo. Se abalanzó encima de él y su fusil, no se la podía quitar de encima. Y fue entonces cuando se escuchó. Fue algo que nunca olvidaré, un sonido fuerte, consistente, seco, con un mínimo eco.

Vuelvo atrás. Habían pasado tres días de errante caminar circular. Nada que hacer y nada nuevo que decir. Zoé no paraba de hablar y cuando se sentía ignorada gritaba, gritaba tanto que los soldados al otro lado se asomaban. Igmar pasaba el rato tirado en la entrada del restaurante farfullando. Mientras, Katalina sentada dentro del coche, esperaba, esperaba y esperaba. Esperaba a algo o a alguien, esperaba y no hacía otra cosa, por si de repente llegaba el momento de irse. Tampoco es que hubiera muchas cosas que hacer. Por ejemplo, Thiago espiaba a los soldados que podía ver, mirando donde miraban, estudiando sus pautas, memorizando los relevos y las guardias, calculando los ángulos de visión de un lado y otro. Lo cierto es que eran bandos aliados que lo último que hacían era observarse estratégicamente. A ambos el peligro debería venirles por la retaguardia, sólo conservaban la posición. Zoé gritaba, gritaba tanto que los oídos acababan doliendo haciendo creer al cerebro que aquel chillido agudo les reventaría los sesos.

Alrededor del coche había un círculo de juguetes, restos de comida, maletas abiertas, ropa, enseres y suciedad. Y dentro del coche aumentaba el olor a persona hasta hacerse insoportable. Al medio día daba el sol de lleno y los días eran anormalmente calurosos.

Igmar, postrado, pensando en lo suyo, sin camiseta, al sol, no parecía más que un turista despistado en lugar equivocado. Hacer algo, hacer algo, no pensar, distraerse, Thiago buscaba pasatiempos, examinaba la valla de un extremo al otro, su consistencia, altura. Miraba al otro lado, buscaba un salida al tedio. Katalina esperaba una llamada que les sacara de allí. No llegaba.

Malditos militares de mierda, pensaba, no pueden darse prisa en tramitar un papel, pero para ponerte un tanque en las narices les arde el culo.

De pronto algo extraño se notaba en el ambiente, una rara sensación de sosiego les acariciaba a todos, un militar dejó escapar un suspiro. Había una extraña calma en el ambiente, aunque precediera a la tormenta era muy agradable, por fin Zoé se había callado.
Pero llegó la tormenta, llovía, pero no es esa la tormenta a la que me refiero. A lo lejos empezaron a sonar disparos, explosiones, primero a ráfagas de vez en cuando, luego durante periodos de tiempo bastante prolongados, para, al fin, ser constantes.

Cerró los ojos, inclinó la cabeza sobre el volante, sin decir nada y con serenidad absoluta abrió la puerta y salió para dirigirse al puesto fronterizo. No había nadie. Llamo primero suave y con voz melódica. No hubo respuesta. Gritó pidiendo la presencia de alguien, aún con voz serena. Por fin asomó un hombre. Preguntó y ante la inoportuna respuesta explotó. Surgió de ella la ira y la rabia que llevaba dentro y la poseyeron. Se lanzó contra el soldado y, de no ser porque en el forcejeo se disparó el arma de éste, habría acabado matándolo, con las uñas.

Zoé empezó a llorar y no sabía aún lo que había pasado, Igmar no escuchó el tiro que si oyó y Thiago corrió hacía su madre, después de levantarse del suelo donde se había tirado. Corrió para verla tirada, sobre el asfalto con la mirada perdida en el cielo, rodeada de hombres de verde, rodeada de asesinos. No recordaría bien lo que hizo entonces, pero a su madre se la llevaron en una ambulancia militar, había conseguido salir. Y él trató de hacer reaccionar a su padre, no lo consiguió. Tenía miedo. Se sentía responsable de si mismo y de Zoé. Se sentía avergonzado de Igmar y furioso con su madre. No tenía el derecho de morir abandonándoles allí.

El contacto con los hombres de la frontera desapareció, no se les veía y no iban a buscarlos. Thiago abrazaba a Zoé dentro del coche. Llovía sobre el pinar al otro lado de la valla y llovía sobre Igmar, que no se movía de su sitio en todo el día. Llovía sólo en los haces de luz de las torres de las fronteras por la noche. Y llovía sobre el techo del coche constantemente. Llovía sobre los disparos en la lejanía. Y llovía sobre los aviones que les sobrevolaban. Llovía y sólo Zoé reía. Reía porque llorar ya no podía. Podía estar triste y reír todo el día. Pero algo raro le sucedía, porque a su madre ya no veía. Más cosas que no entendía. No entendía porque habían ido allí y se habían quedado, no entendía porque no habían ido dónde pretendían, ni por qué estaban solos, por qué había hombres armados, ni si quiera sabía por qué habían abandonado su casa. No entendía por qué habían mandado todas sus cosas a un sitio dónde no iban a poder ir. No entendía por qué su padre tenía menos equilibrio que un helecho y su madre se había ido sin ellos. Pero, sobre todo, no entendía por qué su mapache de peluche no podía hablar, si ella había soñado lo contrario. Tampoco entendía por qué no había soñado desde que estaba en aquel lugar.

Demasiado pequeña para bien o para mal. Yo en cambio nací tal cual soy ahora y como seré por los tiempos de los tiempos. Es una de esas extrañas manías humanas, continuamente cambiando. Crecen, cambian, crece su pelo y se lo cortan, lo pierden, se arrugan. No lo entiendo.

CAPÍTULO 10: La explosión.

Corría por la arena bajando unas escaleras de mármol negro. Le perseguía un jabalí y Zoé le llamaba. Corría, decidió tomarse un coco, pero no podía abrirlo, necesitaba una cuchara para hacerlo. ¿Dónde podía encontrar un gato? Todo estaba lleno de gente que chillaba, no podía hablar, sus palabras resonaban en el silencio. Había un túnel oscuro con una luz dentro. Entró. Se sentó en el sofá del salón de su casa en la piscina. Golpeaba el coco contra la farola de la esquina de la panadería. No tenía suficiente dinero para comerse el coco, tenía que correr para conseguirlo. Pero no en más de 10, tampoco en menos de 8, tenía que hacerlo en 9. 1,2,3,4,5,6,7,8,9… Sudaba, el estomago le asfixiaba, había estado a punto de morir. En el cielo se acercaba la luna y lanzó el coco. El jabalí le olfateaba el tobillo y le lamía pero el no conseguía verlo, ¿se preguntaba quién le lamía? Le sangraban los nudillos,¿habría comido sandía? Un obús volaba por el cielo, lo observaba, de pronto giró hacía él y se acercaba a gran velocidad, quería correr pero sus piernas se movían muy lentamente, apenas podía despegar los pies del suelo. La locomotora se le echaba encima y seguía sin poder moverse, un pitido, no podía, no podía, no podía…

Se despertó sobresaltado, con sudor por dentro, angustiado. Aún veía el morro de la locomotora echándosele encima. A salvo, dejó que su ojos se volvieran a cerrar, pero la luz del amanecer ya no le dejó volver a dormir. Había comenzado el cuarto día.

Él dormía en el asiento de atrás, mientras Zoé lo hacía en el asiento del copiloto, que se podía abatir casi totalmente. Igmar no había vuelto a entrar en el coche desde que Katalina se lo prohibiera. Por eso les extrañó tanto que lo hiciera algunas horas más tarde…

La imposibilidad de visualizar a los guardias era intranquilizadora. Comían las últimas patatas que les había dado el camarero para desayunar. Sólo les quedaba la comida, algunas latas y galletas, que habían traído desde casa. Le ofreció un paquete de éstas a su padre, que había perdido la costumbre de comer, pero la rechazó. No era su responsabilidad convencerle de que comiera.

Judías frías, lentejas, albóndigas duras y otros menús que quedaban no le convencían en exceso, así que decidió entrar en el restaurante. Pensó en el coco que tenía y llegó a tener la intención de buscarlo antes de darse cuenta que era parte de su sueño.

-El gato.

Se dirigió al coche y abrió el maletero, sacó las maletas y trastos que aún quedaban dentro y levanto la alfombrilla para coger el gato del coche. Lo agarró por un extremo, cogió impulso y lo lanzó contra el cristal de la ventana. Pudo ver a un soldado asomándose para ver qué había pasado. Cogió una linterna que también llevaban y la utilizó para tirar el resto de cristales que quedaban. Después entró. Encontró una despensa vacía. Sólo había unas cuántas botellas bajo la barra. Se tomó una cerveza, su primera cerveza, sabía fatal. Rehusó probar el resto de bebidas que había. Salió por dónde había entrado e hizo como si nada hubiera pasado. Pero ya no encontró a su padre dónde había estado durante cuarenta horas. Daba vueltas alrededor del coche. Seguía mascullando. Se paraba delante de una puerta trasera para, luego, proseguir su círculo. Estuvo así un rato prolongado mientras Thiago buscaba las latas de comida, las contaba, examinaba sus contenidos y buscaba una forma de calentar y si fuera posible cocinar su contenido. Y seguía mientras Thiago exponía una palangana al fuego de un mechero para saber si le podía servir de cazuela. Seguía cuando la palangana empezó a arder humeante, y continuaba cuando ésta quedó reducida a una masa roja. Y había cambiado el sentido de los círculos, pero seguía dando vueltas cuando su hijo volvió al restaurante y vio que dentro había instrumentos de cocina. La lastima es que no se podía utilizar la cocina porque habían cortado la luz.

Buscó ramas con las que hacer un fuego, se tuvo que conformar con algunas hojas e hierba seca, que intentó hacer prender ayudándose de las hojas de una revista. Y aunque acabó utilizando todo el papel que llevaban no consiguió hacer un fuego suficiente que fuera duradero. Hasta que se acordó de unos bloques blancos de poliestireno que llevaban para embalar parte de la vajilla de la abuela, que su madre no había querido entregar a los de la mudanza. Colocó la masa heredera de la palangana, encima los bloques de embalaje y algunas hojas de papel de un libro. Encima de todo la cazuela con las albóndigas dentro. Y prendió las hojas de papel. Cuando pudo acercarse de nuevo, sin peligro, las albóndigas estaban calientes.
-Soy un chef de puta madre…

Comía con Zoé cuando Igmar se detuvo definitivamente. Miraba el interior del coche, sin moverse, durante unos minutos. Ellos lo miraban a él. Fue entonces cuando explotó, no lo volvieron a ver cuerdo. Abrió la puerta jadeando. Podía reírse o llorar, que no hubiera habido diferencia. Agarró el peluche de Zoé y lo levantó en alto gritando – aquí está – y otras incoherencias. Corría con el mapache y en un principio Zoé sólo miraba. Luego empezó a perseguirlo, a punto de llorar, pero más preocupada en recuperar su peluche que en el llanto. Todo aquello no habría dejado de ser otra abstracción absurda de las que estaban viviendo si Igmar no se hubiera acercado a la frontera sacando un cuchillo y acercándoselo al muñeco.

-¡Aquí está, aquí está, puedo pagar! – gritaba clavando el cuchillo en el pecho del peluche. Zoé corría detrás mientras una voz le gritaba el “alto”. Pronto a ésta se le unirían más, para convertirse en soldados que lo apuntaban con armas. Zoé iba tras él. Thiago sólo pudo ver volver a Zoé, pálida, arrastrando su mapache y éste a su vez dejando un rastro blanquecino. Igmar no se detuvo pese a que lo dejaron entrar hasta “el cuarto de baño”. Lo acribillaron.

-He rescatado al Mapachín – reconoció Zoé contenta. Nunca nadie había osado quitarle el mapache de peluche. Se sentía poderosa al ver que lo que deseaba que le ocurriera a su padre, en ese momento, se hacía realidad.

Se abrazó a su tesoro y, si por ella hubiera sido, nunca habría dejado de hacerlo. Y así era hasta que Thiago se interesó en las manchas blancas que tenía encima. Examinó el muñeco y vio que dentro lo que menos había era algodón u otro relleno convencional. Había pequeñas bolsitas con polvos blancos, de las cuales algunas se habían roto.

-Entonces… ¿El resto de los peluches no están rellenos de eso?

Nunca se enterarían de que, pasar de contrabando cocaína, era parte del trato para conseguir los papeles. Tampoco descubrirían que dentro del coche en otros objetos había escondida más. Pero ya no importaban los secretos de Igmar. Las drogas… Otra “maravilla” de los humanos. Al menos yo soy inhumano, y ser inhumano tiene que ser bueno.

 

CAPÍTULO 11: Urgencias.

Observaba. Observaba a Zoé. Sentía responsabilidad para con ella. O quizá simplemente lo pensaba. No estaba seguro. Ni siquiera de la responsabilidad que tenía para consigo mismo. Observaba. Las explosiones se acercaban. El lado de su país se agitaba. No lo podían saber, pero la mayoría de los que permanecían en el puesto fronterizo se habían marchado al frente. La república que se había proclamado independiente en el norte solicitaba la ayuda del otro lado católico frente a los protestantes. Éstos, demasiado ocupados en el frente del otro lado del país posponían la fecha en la que deberían prolongar el frente de combate al oeste.

Había visto en la tele lo que se hacían mutuamente católicos y protestantes en la guerra del este. Había visto lo que les pasaba a los niños atrapados en terreno enemigo. Y oía acercarse a los musulmanes del sur. Oía disparos cerca de las posiciones de los católicos del norte que les cubrían de un avance enemigo. Urgía hallar una solución, urgía huir. Ni siquiera sabía cómo conducir el coche.

Se escondieron detrás del restaurante con todo lo que pudieran necesitar durante el tiempo que fueran a estar allí. Renunció a salir a la explanada y se lo prohibió a Zoé.

Examinó todas las herramientas que había en el coche. Cogió unas tenacillas. Imposible hacer nada en la valla con ellas. Ya había pensado en ellas con anterioridad, pero desechó cualquier posibilidad de que fueran útiles.

Intentó cavar, deseando que la valla no estuviera profundamente asentada. Con los medios de que disponía no era fácil. Cavó medio metro y la valla seguía descendiendo.
Inició la escalada para ver hasta dónde podía ascender, no sabría calcular, pero tendría fácilmente tres o cuatro pares de metros. No fue tan complicado como parecía. Yendo lento, asegurando, podría llegar hasta arriba sin excesiva dificultad. Para Zoé no sería tan sencillo. El problema estaba en cruzar, arriba del todo, el alambre de espino, sin dejarse la piel. Imposible para la pequeña.

Pensaba en aprovechar el cercano ataque sobre las posiciones fronterizas para huir discretamente. Pero era demasiado peligroso meter a Zoé entre el fuego cruzado.

No sabía cómo, pero decidió saltar la valla y tenía que ser enseguida. Subió arriba varias veces para examinar el alambre de espino. Discretamente volvió al restaurante para buscar algún instrumento que pudiera cortarlo. Si lo había, no lo encontró. Por fin subió y con la mano envuelta por una chaqueta intento hacer ceder el cable. Sólo consiguió moverlo un poco. Volvió a subir, esta vez provisto de un instrumento para sujetar el alambre una vez lo hubiera desplazado, una percha. Repitió la acción varias veces hasta asegurar un agujero por el que cupiese Zoé. Él tendría más problemas para pasar. Debería subir con las tenacillas y empujar todo lo posible el cable hacía arriba. Si conseguía escapar, daba igual que lo hiciera con algunos o bastantes cortes. Desconocía la capacidad de desgarramiento que tenía aquel espino.

Tenían la batalla encima. Faltaba poco para que, los que hubieran sido sus vecinos, cayesen derrotados. Tenía que convencer a Zoé de que podía subir la valla y que lo hiciera.

-No.
-Es fácil, sólo tienes que agarrarte bien.
-No.
Lloraba.
-Yo pasaré primero y desde el otro lado iré subiendo a tu lado para que no te caigas.
-No.
-Tenemos que salir de aquí.
-No – se metió en el coche.
-Debes hacerlo.
-No, esperaré a que mamá vuelva a buscarnos.
-Mamá… – Thiago no sabía que ella desconocía la suerte de su madre – mamá nos espera al otro lado de la valla.
-No es cierto.
-Sí, tenemos que ir cuanto antes para que no la descubran.
-No.
-Si no vamos no la vas a volver a ver.
-No.

Lloriqueaba, apenas pronunciaba los “nos”. Respiraba con dificultad. No se atrevía a saltar la valla, le daba más miedo que esos malos a los que nunca había visto.

Thiago desesperaba. No sabía cómo hacer para convencerla. Incluso sopesaba la posibilidad de dejarla. Por el momento volvió al coche. Estaba enfadado, tanto esfuerzo para nada. Tenía las manos destrozadas de tanto subir. Un disparo sonó tan cercano como los que mataron a sus padres. Los secretos de su padre, las neuras de su madre y la locura de su padre habían pasado a la historia. No se atrevía a asomarse para ver si se veía a los católicos. Tenía que hacerlo ya.

-Te doy lo que quieras si subes la valla.
-No.
-Lo que quieras.
Pensó.
-¿Un amigo para Mapachín?
-Vale, lo que quieras.
-Un amigo.

Zoé esperaba el amigo para el mapache. No se movería antes de tener su nuevo peluche.

-Te lo doy en cuanto pueda conseguir uno.
-No.
-Te daré cientos de peluches si vienes…
-No.
-Ahora o nunca.

Su madre le había prometido otras veces cosas para que se comiera las lentejas y no había cumplido. No volvería a cometer el mismo error.

-Por favor. Hazlo por mi.

No lo iba a hacer por cientos de peluches. No sería tan tonta de hacerlo por su hermano. Un proyectil impactó en la torre de vigilancia de la frontera.

-No hay tiempo. Si no lo haces tu sola, lo harás obligada después de una buena hostia.
-No – tarde para intimidaciones. No había comparación entre un sopapo y caerse desde lo alto de la valla.

Las personas se crean mediante el sexo, la copulación entre dos humanos de diferente género. Pero es mediante la educación que se convierten en personas autosuficientes y adquieren una relación con el medio. Una relación social. Sin embargo, muy a menudo, los mismos humanos desprecian su propia educación. Los padres delegan sus responsabilidades a desconocidos. Y muy frecuentemente esconden la realidad a sus hijos. Les ocultan los problemas de la sociedad y así provocan una severa decepción cuándo los descendientes descubren la verdad. Otros deciden vivir en la mentira toda su vida.

Cómo iba a convencer a Zoé si nunca le habían dejado ver la tele cuando aparecían imágenes de guerra. Y todos sus cuentos contaban historias de princesas en mundos idílicos, con sus finales felices. Temía a la valla, no a la bala. No sabía lo que hacía una bala.
Era imposible convencerla, Thiago lloraba. Tenía miedo.

 

CAPÍTULO 12: Lluvia de fuego.

Imaginaba las bombas cayendo sobre ellos. Los sonidos no había necesidad de inventarlos. Una mínima resistencia se hacía escuchar aún ante el avance católico.

Frenético, Thiago, se apresuraba en ampliar el agujero que empezara hacía horas. Sólo encontraba valla y más valla. Cavaba pero solo veía una salida, por encima de la valla. Cavaba aún imaginando que la valla se extendía hasta el centro de la Tierra. Cavaba buscando un escondrijo para Zoé. Cavaba con un cucharón de servir la comida.

Zoé lo miraba curiosa, se le había pasado el disgusto. Estaba convencida de que su hermano había hallado la forma de salir sin necesidad de saltar la valla. Cogió una cuchara, normal, y ayudaba lo que podía.

El sol empezaba a caer, había fuego en el cielo y no era culpa del atardecer. Lloraba el sol y lloraba la luna que no quería aparecer. Bailaban los árboles del pinar, danzaban con el viento intentado escapar de las llamas. Bandadas de aves migratorias miraban su tierra con melancolía, aunque aún no se acercaba el frío. Thiago sólo veía valla bajo la tierra. Dejó de cavar. Únicamente seguía Zoé. Estaban atrapados. Nunca estuvo tan seguro de ello.

Había silencio, la ofensiva había concluido. Tenía que salir de allí. Thiago inició la escalada. Zoé, que seguía cavando lo miraba. Se asustó de verdad.

-Thiago, no me dejes.

Su hermano no contestaba, seguía subiendo. Lenta pero firmemente, como lo había hecho siempre, le daba igual que le sangraran las manos.

-¡Thiago! – lloraba Zoé.
Miraba arriba, seguía asustada pero dejó de llorar, e inició la escalada. Al verlo, Thiago le dijo que esperara a que él estuviera en el otro lado. Amenazar con abandonarla, tan fácil como hacerla pensar que se iba a quedar sola. ¿Cómo no se le había ocurrido?

Llegó arriba. Utilizó las tenazas para subir el alambre superior y se aseguro de que, después de tanto tiempo, las perchas siguieran aguantando. Sin dejar de presionar el cable superior, empezó a intentar cruzar. Hasta medio cuerpo pudo hacerlo bien. Después, al intentar girarse para seguir sujetando el alambre, mientras pasaba el culo, se apoyó en la perchas. Al retirar la presión las perchas saltaron y los alambres le abrazaron, ya que, al ceder las perchas, se le escapó el que sujetaba con las tenazas. Sintió un dolor agudo y profundo desde al vientre hasta la espalda que le cruzaba. Al moverse se agudizaba y oía cómo se le rasgaba la carne. Se dejó caer destrozándose el pecho y la cara con los alambres. Agonizaba en el suelo. El impacto fue grave. Zoé miraba con ojos húmedos. Miraba sin creer lo que pasaba. Miraba sintiéndose muy sola. Su hermano no hablaba.

Fue a la explanada, sólo con su mapache de peluche. Caminaba arrastrándolo. Era muy pequeña en aquella plaza. Todo estaba tranquilo. Muy tranquilo. Alguien la llamó desde el lado de su casa. Había unos hombres nuevos allí.

-Niña.

Sin dudarlo fue hacía ellos, tranquila, sin correr, sin precipitarse. Dejó el peluche tirado en el centro de la pista de asfalto.

-Niña, ¿y tú eres católica o protestante?
-Yo soy Zoé.

Allí me dejó tirado, abandonado en el frente de una guerra que nadie me había explicado. Cómo salí de allí es otra historia, ya que ésta ha acabado y nunca volví a saber de Zoé.

Todos me llaman oso, pero soy un mapache. Y como os he contado fue que me volví adicto a la cocaína. Adicción que aún conservo y dependencia que llevo conmigo desde que desparecieron de aquí los humanos.

Estoy mutilado de brazos y piernas. Me falta un ojo y hace tiempo perdí la nariz. Conservo la brecha en el pecho y varías costuras se me han gangrenado. ¿Qué pretendéis hacerme ratas inmundas? Ya os he dicho que sólo temo a una cosa. Sólo las polillas pueden matarme. ¿Conocéis alguna?

Mi dulce muñeca, ¿Por qué nunca despertaste?

(Escrito por Álvar Barca en 2001)

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