El Globero/El Globero Narrador

Muñeca rota

Sonaban las flautas y una lejana sinfonía entraba por la ventana. Dos piezas, hechas para estar unidas, no encajaban. Un redoble de percusión, acompañado de los instrumentos de viento, le erizaron el vello. Estaba rota.

El cielo azul del gélido invierno no helaba al entrar por la ventana abierta. Algo de expectación se dejaba intuir en la calle. El silencio no era casualidad. Sin embargo varias gaitas tocaban con alegría contenida. Era la voz apagada de la vida llamando a gritos.

Soledad imposible entre tanta gente presente anudando su cuello. Un susto y todos encima, un relámpago de luz que atrae a insectos de toda calaña. Estaba rota.

Le dejaban reposar imponiéndole el descanso, no podía aguantar más. La aventura no era nueva, no dejaba de ser rutina amenizada con orquestina. Un violín se escapaba del grupo entonando unos suaves acordes. ¿Quién se iba a acordar ahora de lo sucedido? Tanto dolor olvidado, tanto dolor siempre despreciado. Tanta pena contenida. No podía más, estaba rota.

Lágrimas brotando de las cuerdas de los violines, porque ella no podía, hacía tiempo que sus ojos se habían convertido en madera.

La ignoraban. Tocaban la percusión, chelos, contrabajos y órganos, los platillos chocaban, celebraban el triunfo, la vida y la gracia de la buena nueva. Todos la obviaban, ella no existía, años de tortura, maltrato, desprecio, burla, tedio y tantas vejaciones, todo ello asumido por todos como si nadie supiera. Ella la primera. Desde que nació la enseñaron a sufrir, pero ahora… Estaba rota.

Nadie podía ser más pobre dentro de tan suntuoso palacio, pues todo aquello que le habían robado era lo único que ella consideraba preciado. Un pequeño camisón de encaje fino, bordado con cuidado por costureras de nombre reputado, que había sido elaborado al son de los mejor afinados pianos, para inculcar el ingenio a sus vástagos, era el único recuerdo de sus penas más enquistadas, aún cuando no fue puesto nunca a infante alguno. Por eso lloraba.

Nueve meses hacía que la habían encerrado, desde la última vez que acudieron a visitarla. Tocaba espectáculo, tocaban las trompetas. Estaba rota.

Construida con técnicas tan refinadas como las que servían en el lago Leman para construir relojes. Tallada por expertos pulidores de cristal de Bohemia y decorada por Fabergé. Había sido abandonada en una almena, construida por los albañiles de la corte para retenerla. Todos la miraban, pero nadie veía su fractura, las piezas no encajaban, estaba rota.

Nunca había visto el mundo que había fuera de los muros que la contenían. Nunca había visto el cielo desde lugar alguno que no fuera el alfeizar de una ventana. Nunca había sentido una gota de lluvia en su piel. Tan escondida que estaba rota y nadie se daba cuenta.

Era venerada y despreciada, cuidada con esmero pero mirada con odio. Por eso miraba bajo, por eso hacía años que no hablaba y a nadie parecía haber importado. Tantos años escondida en rincones, tantos años en la sombra de su propio nombre y sin ser vieja ya estaba rota.

Cuidaba a los que la trataban con cariño de madre, pero ellos respondían retirando la mano. Era privada, tenía un único dueño, que la visitaba una vez cada nueve meses y la dejaba marcada hasta su siguiente encuentro. La habían roto.

Nadie la quiso, nadie la pidió, pero llegó para cumplir el cometido por el que había nacido. La prepararon para la pompa y gloria de un imperio poderoso, pero se convirtió en el símbolo de la decadencia y el despotismo de quien la compró.

Ahora la música debía sonar, todos estaban felices, era un momento de dicha y ella debía escuchar las mismas notas que odió desde la primera vez. Debía sonreír, debía ser feliz, debía ser dichosa porque ese era su protocolo, ese era su mundo, pero ya no podía, no podía porque estaba rota.

Estaba oculta a la vista de todos, acompañada de tonadillas interminables, buscaba el fin, buscaba la paz, la libertad, pero era tarde, estaba rota.

Un grito exterior, una voz se alzaba entre los instrumentos, una voz alta en su defensa, el son de los timbales era sustituido por espadas. Alguien acudía a salvarla, salvarla pese a que estaba rota. Pero el aria que habría de salvarla se tornaba en melancólicos alaridos de dolor. Una revuelta que nada habría tenido que ver con ella. Una última esperanza que se desvanecía con el regreso del arpa tranquilizando sus esperanzas. La muerte subía hacía la almena, la muerte había acabado con quienes la custodiaban, la muerte abría la puerta…

Acaso no se daban cuenta que estaba rota y no iba a poder parir al hijo que llevaba dentro.

(Escrito por Álvar Barca en 2000)

 

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