El Globero/El Globero Narrador

Muñeca de trapo

En una vitrina su secreto, en un pequeño frasco de cristal su más valiosa posesión, todo cuanto había de ocultar, pues él lo tenía y nadie más. Llego a sus manos de forma extraña, sin haberlo pedido, al principio se mostró reticente, pero como buen niño lo aceptó sin prejuicios. Podría presumir antes sus amigos, pero sabía que no debía hacerlo, la gente, “los mayores” nunca la aceptarían. Era su pequeño trocito de fantasía.

Pero no era una fantasía que él hubiese inventado, era una pequeña maravilla que apareció por la ventana para convertirse en su mascota.

Huía, no sabía bien de quién, ni a dónde, pero se había acostumbrado a escapar y sabía cuando debía hacerlo, entró por una ventana y el descuido fue grave, pues se dejó mostrar sin ninguna forma de escapar. La ventana se cerró tras de ella y al poco estaba atrapada, mirando a través de un cristal que no le hacía justicia, muy frágil, pero excesivo para sus pequeñas fuerzas. Miraba mustia por la ventana a través de dos vidrios que le impedían respirar con facilidad, no sabía como entraba el aire en aquel lugar, pero sin duda entraba en pequeñas cantidades.

Recordaba cuando era libre, cuando respiraba con alegría y no se sentía permanentemente juzgada.

Trataba de ser lo más expresiva posible, miraba con ojos lacrimosos, tirada agarrándose las piernas como un ovillo, no se movía, no miraba a los ojos a su secuestrador, pero como hacer comprender la injusticia cometida si enfrente no había una mirada capaz.

Al cabo de los días se afanaba en golpear la pared de cristal, intentando atinar siempre en el mismo punto, para que por la persistencia de golpes cansinos, pero incesantes, el cristal acabase cediendo. Al otro lado la observaba con alegría y curiosidad, pero con la maldad de la incomprensión. Mientras a ella se le fundía su último suspiro, él miraba el espectáculo que le era ofrecido.

Sin aliento, con la ira del indefenso y con la rabia de la impotencia, miró antes de dejar escapar su último suspiro a los ojos de su carcelero, con ira, con piedad, con violencia y dulzura, con odio de quien en su vida sólo ha dado amor. Todo para caer rendida, muerta, sin saber por qué.

(Escrito por Álvar Barca en 2000)

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